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La visita de Vladimir Putin a Nicaragua pone al descubierto nuestra incapacidad de poder dimensionarla en el marco de nuestras relaciones bilaterales con la Federación Rusa.

Alguien afirmó que su parada fue técnica, porque su avión necesitaba recargarse de combustible. Otro, que vino porque Fidel Castro se lo sugirió; también, que no es nada más que un espaldarazo político a Daniel, pues Nicaragua no estaba en la agenda que se dio a conocer a través de los medios y que lo hizo por mera cortesía, pero que en realidad no hay ningún tema de importancia para ambos países como para desviarse y visitarnos. Que como los EE.UU. están accionando en Ucrania, Rusia responde haciendo presencia en su zona de influencia más cercana.

He insistido muchas veces que a países como Rusia no se les puede tratar con conocimiento mediocre. Los países que realmente tienen la capacidad de adversarle invierten enorme cantidad de recursos en centros de diversos tipos, así como en expertos con el fin de encontrar flancos débiles en Rusia y obtener réditos tangibles en el marco de la competitividad internacional. Aquí en nuestro inframundo del análisis, parece que el que abre la boca primero logra ganar cierto espacio de reconocimiento.

La presencia actual de Rusia en América Latina responde en primer lugar al grado de desarrollo gradual de sus objetivos de política exterior, bajo la lógica de términos de ruptura, variación, traslape o continuación viene poco a poco alcanzando nuevos espacios y libertades de acciones en diversas regiones del mundo. Desde Breshniev llegando a Gorbachev, los soviéticos se dedicaron a disipar el ruido sobre la amenaza comunista instigado por los EE.UU. y mejorar las relaciones entre ellos. Hoy día las relaciones de varios países europeos son vistas como un serio obstáculo por los EE.UU.

Con el derrumbe de la URSS, la política exterior de Boris Yeltsin estaba dirigida a la mejoría de relaciones con los EE.UU., más conocida como la política “Atlantista” de su canciller Kosiriev. Con la llegada de Evgeniy Primakov como jefe de la diplomacia, abrieron una nueva línea en sus relaciones euroasiáticas. Bajo la administración de Putin, luego Medvedev y ahora de nuevo Putin, su política exterior se ha alimentado de objetivos de orden y desarrollo económico interno y lucha férrea por reagrupar geopolíticamente los espacios desintegrados tras la caída de la URSS. Con esto, la línea euroasiática se torna mucho más sólida en términos de sus relaciones con China y la India. Avanzada pues la línea de mejoramiento con Europa y Asia, Rusia puede ampliarse a nuestra región.

Los Estados que tratan con Rusia tienen posibilidades de grandes beneficios y para quien es aliado estratégico de esta, las ventajas son mayores. Así es como inicia la visita del mandatario ruso a la región. A su arribo a Cuba Rusia condonó 32 mil millones de dólares de unos 35 mil millones que adeudaba la isla. Imagínense el análisis que los argentinos puedan sacar de esta acción, cuando su país se puede ir a la total bancarrota producto del cobro de una deuda por parte de los capitales buitres.

Nosotros también somos importantes en la región. Siempre nuestro país por su posición geográfica ha sido objeto de intereses de las potencias. Pero además con proyectos como la construcción del Gran Canal Interoceánico, nos hemos puesto en la visual del apetito global de inversión y Rusia ha afirmado su intención de participar en él.

En relación con la continuación de su viaje a Argentina y Brasil, donde participó en la cumbre de los BRICS entre muchos otros temas con la región, también logró encontrarse con el presidente Nicolás Maduro y Mujica, de Uruguay. Se puede entender que, si bien el camino es largo en la consolidación de un mundo multipolar, definitivamente el imperio tradicional y único de los EE.UU. en nuestra región está sufriendo enormes fracturas.