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En Nicaragua hay una colonia árabe numerosa, muchos de origen palestino; son familias apreciadas como los Giacomán, Samara, Frech, Eslaquit, Karam, Sálomon, Zarruk, El-Azar, Abdalah, Farach y un largo etcétera. Algunos son católicos (en Palestina pude ver a muchos árabes cristianos). Otros son musulmanes y tienen en Managua una hermosa mezquita. Son personas trabajadoras, comerciantes y profesionales prósperos, amigables y pacíficos. Aquí no se nos ocurre considerar a los árabes y musulmanes como personas agresivas ni peligrosas. ¿Por qué en otros países levantan campañas contra ellos?

Es una larga historia iniciada cuando se creó el Estado de Israel en 1948, estableciéndose los judíos donde, desde 1,400 años atrás, vivían los árabes palestinos, causando un inmenso conflicto, guerras y tensiones permanentes, que por espacio no puedo aquí pormenorizar. Pero este conflicto terminaría si los palestinos reconocieran al Estado de Israel y los judíos reconocieran un Estado palestino plenamente soberano e independiente. El problema ahora es que los judíos quieren que los territorios de Cisjordania y Gaza (lo único de su antiguo territorio que les queda a los palestinos) continúen siempre, indefinidamente, sometidos a Israel, con una “Autoridad Palestina” limitada a administrar asuntos internos, sin independencia ni soberanía.

En 1993, gracias a la mediación de Bill Clinton, con el apoyo de Rusia, la Unión Europea y la ONU, el primer ministro judío Isaac Rabin y el líder palestino Yasser Arafat acordaron los pasos para tener dos Estados libres y soberanos coexistiendo pacíficamente, Israel y Palestina, recibiendo el Premio Nobel de la Paz. Esos acuerdos fueron saboteados empezando por el asesinato de Isaac Rabin cometido por el judío Yigal Amir, simpatizante de los extremistas que hoy gobiernan Israel, el Partido Likud (Consolidación) del primer ministro Benjamín Netanyahu, que se oponen radicalmente a toda posibilidad de que se cree un Estado palestino.

Quieren mantener el dominio férreo de los territorios palestinos de Cisjordania y Gaza, donde siguen construyendo nuevos edificios de apartamentos y centros urbanísticos para judíos, quitándoles aún más territorio a los palestinos, desalojándolos de sus casas.

La política extremista del partido judío Likud enardece y fortalece a la organización extremista palestina Hamás (Fervor), que es yidahista (guerrerista) y terrorista. Los moderados judíos, como el actual presidente Shimón Peres (figura simbólica, pues quien gobierna es Netanyahu), y los moderados palestinos, como el líder actual de la OLP, Mahmud Abbas, están totalmente relegados por los extremistas de ambos lados: la organización terrorista y yidahista Hamás y el Gobierno de Benjamín Netanyahu, que “para golpear a Hamás” no le importa bombardear hospitales, escuelas y casas de habitación matando civiles, incluyendo ancianos, enfermos, mujeres y niños inocentes.

Pero la mentalidad y las acciones de gente como Netanyahu más bien hacen crecer las simpatías por Hamás, en detrimento de los palestinos moderados, y crean más terroristas contra Israel y sus aliados. Los terroristas surgen entre los jóvenes árabes que han sido víctimas, tanto ellos como sus familias, de las acciones de los judíos y sus aliados, y de los ataques e invasiones de otros países a países árabes y musulmanes. El terrorismo nunca es justificable —¡jamás!—, pero así se origina.

Actualmente, entre los palestinos se imponen los extremistas de Hamás que afirman que con los judíos no se puede negociar ni convivir en paz nunca. Es difícil para los moderados palestinos imponerse sobre Hamás mientras Israel tenga Gobiernos como el de Netanyahu. Solamente volviendo un Gobierno moderado a Israel se permitiría a los palestinos moderados concertar la paz, reconociendo al Estado de Israel y, recíprocamente, reconociendo Israel un verdadero Estado palestino libre, como habían acordado Isaac Rabin y Yasser Arafat.