Bayardo Altamirano
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Dilma Rousseff ha sido la primera mujer en asumir la presidencia de Brasil. Ahora está por terminar su mandato con malas calificaciones. Por primera vez en 13 años, el saldo mensual del comercio exterior del país ha sido muy bajo: escasos 2,500 millones de dólares, que significan menos de la décima del resultado alcanzado hace dos años.

Crece la percepción de que este año no llega con buenas perspectivas para la economía y Dilma no oculta su preocupación. Sigue criticando lo que llama guerra sicológica desatada por varios sectores del empresariado, especialmente por los grandes conglomerados de comunicación. Dice que la desconfianza injustificada inhibe inversiones y pasa revista a las realizaciones de su Gobierno. Buena proporción de gente de pueblo también está descontenta. El Mundial dejó heridas y sinsabores.

La presidenta y sus asesores saben que los logros alcanzados son los que cuentan para el electorado. A pesar de todo, sigue siendo la favorita para ser reelecta en octubre. En muy buena parte por sus méritos y por la herencia en el aspecto económico y social que recibió de Lula. Afortunadamente, hay ineptitud e inconsistencia de los postulantes de la oposición.

El balance de este primer mandato de Dilma es complejo y confuso. Una vez más la cuestión social domina la pauta nacional. Sin duda, Brasil es hoy un país mucho menos desigual, en términos sociales, de lo que era hace 11 años, cuando el PT llegó al poder.

La inclusión social de millones de brasileños se incrementó en los primeros años de Dilma como presidenta. Los programas sociales de Lula fueron mejorados y crecieron. La construcción de viviendas populares alcanzó las metas expuestas por la mandataria en su campaña electoral de 2010. Como sabemos, los políticos prometen, pero nunca cumplen. En Brasil ocurrió el insólito cumplimiento con un año de antelación.

La salud pública, un agujero sin fondo, sigue siendo un desastre. Pero algo se avanzó: al constatar que brasileños se resistían a trabajar en sitios inhóspitos y miserables, Dilma lanzó el programa Más Médicos, que importó doctores cubanos. Aun así, el país sigue a miles de millas de llegar a un grado mínimo de desarrollo y justicia social, de democracia real. Pero se avanzó de manera importante.

No obstante, hay una batalla que Dilma perdió. La lucha contra esa figura abstracta, todopoderosa, llamada mercado. Uno de los economistas más respetados del país, que fue profesor de Dilma en su maestría, lo expuso de manera muy clara hace poco. Advirtió que los efectos de la crisis internacional son mayores de lo pensado en un principio.

Por ejemplo, la cuestión del cambio. En 2013, el real se devaluó 15.5% frente al dólar, exactamente la proporción de la caída de la Bolsa de Valores de Sao Paulo. Según buena parte de los economistas de Brasil, el atraso en el tipo de cambio sería actualmente de alrededor de 30%.

Hay un combate entre el Gobierno de Dilma y el sacrosanto mercado. Se observa en todo el mundo que cuando eso pasa, los Gobiernos pierden siempre. El dinero es el amo del mundo. Es la gran batalla política, administrativa e ideológica perdida por Dilma.

En octubre, Dilma deberá ser reelecta. Tendrá lo que Gabo reivindicaba en “Cien años de soledad”: una segunda oportunidad en esta tierra. No puede desaprovecharla.