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La primera vez que conversamos fue en 1994, en los albores del diario La Tribuna. Nos saludamos fríamente como que si ya nos conocíamos. Él venía de la derecha, yo de la izquierda. Él liberal, yo sandinista. Él un periodista consagrado, con una fama que trascendía fronteras. Yo, un devoto lector de sus crónicas deportivas que eran depuradas piezas literarias. Al final, la vida nos deparó una bonita amistad que sigue fluyendo a través de fugaces encuentros y conversaciones telefónicas.

Me refiero a Juan Navarro Gutiérrez. masatepino, periodista de vocación y de oficio, irreverente y honesto. Hombre de principios y de finales. Su talento es tan firme como su carácter. Su nombre ya no resuena en el ambiente periodístico frío y cibernético que se practica. Pero su huella sigue allí, fresca, indeleble, para que lo recuerden las futuras generaciones. Su prosa y su escritura huelen a eternidad. Su pasión por el deporte y la política complementan su amor por la escritura.

Pese a que se encuentra jubilado y su salud quebrantada por la diabetes, siempre guarda en sus ojos aquella chispa de ingenio y talento que salpicaron sus innumerables columnas periodísticas que enderezaban entuertos. Juan era un hombre versátil: así como podía escribir un comentario sobre un partido de béisbol o una pelea de boxeo, también podía escribir sobre la clase política, sobre las tardes citadinas en Masatepe, las tradiciones populares, los personajes olvidados por la lupa del periodismo.

Lo recuerdo sentado frente a su computadora, escribiendo el editorial o alguna crónica deportiva, con una rapidez increíble. La hora de cierre y la página en blanco no eran obstáculos para él. Su creatividad era alarmante. No entiendo hasta ahora --nunca se lo pregunté-- por qué nunca se dedicó por entero a escribir. Porque desde que lo observé, frente a la computadora, supe que era un escritor nato, y que el deporte era un pretexto que tenía para escribir y dar rienda suelta a su imaginación.

La última vez que lo vi recordamos viejos tiempos. Las angustiosas horas de cierre que compartimos, las tazas de café y los prolongados almuerzos en Masatepe, el orgullo infinito por sus tres hijos por quienes daría la vida, y las ironías de la política criolla. Los proyectos que tiene en el tintero. El libro que está escribiendo.

Nunca entendí por qué se separó de la algarabía de la crónica deportiva. La única razón que encuentro es que Juan nunca se sintió un cronista reducido al mundo fascinante pero limitado del deporte. Él, creo, en algún momento de su vida se dio cuenta de que su prosa trascendía la mera descripción, las frases entresacadas de libros o el plagio que suelen hacer algunos colegas que se dedican a la crónica deportiva. Su prosa tiene poesía, estilo, originalidad, y sobre todo, esa frescura que no la encuentras en ninguno de los periodistas deportivos que escriben en los diarios nacionales.

Sin embargo, el mundo es de los audaces. Juan nunca renunció a su ideología liberal, y quizás por esta razón, muchos de sus colegas lo hayan querido ignorar. Sé, y esto no me lo dijo Juan, que Edgar Tijerino fue su amigo en una etapa de su carrera periodística. Ambos brillaron en la crónica deportiva de la época. No sé qué pasó, pero la historia se encargará de darnos una respuesta.

Yo me quedo con la prosa de Juan Navarro. Tijerino es un escritor talentoso, pero un poco artificial. Pese a que Juan está fuera de los diarios y de las redes sociales y que ya está jubilado, su talento está intacto, su creatividad también, porque siempre he creído que Juan Navarro no es un cronista deportivo, sino un cronista de la vida, un escritor de la cotidianidad. A tu salud, hermano.