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En el momento en el que comienzo a escribir la primera línea de este artículo, un tipo de Ohio lleva recaudados 61,183 dólares para hacer una ensalada de patatas, en una idea que lanzó como divertimento en una plataforma de crowdfunding. Más de seis mil personas de los cinco continentes han decidido apoyar el absurdo proyecto, a cambio de regalos como un libro de recetas de ensaladas de patatas de todo el mundo, una foto del promotor elaborando el dichoso plato o una estúpida camiseta, que más que probablemente se convertirá en objeto de coleccionismo.

El asunto se incrusta en mi mente, como un virus que me induce a pensar y a escribir sobre la proverbial estulticia de la que, en muchas ocasiones relacionadas principalmente con el dinero, hacemos gala los que nos hemos autodeterminado como seres racionales. Otro ejemplo de necedad suprema fue relatado en la Academia Sueca por Gabriel García Márquez, cuando en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura contó como un estudio de viabilidad para la construcción de un ferrocarril transítsmico en Panamá, recomendó abordar el proyecto, pero haciendo los raíles de oro, que era un material más común en la región que el hierro. De haberse construido según las especificaciones de los ingenieros alemanes de finales del siglo XIX que redactaron semejante informe, las vías tendrían hoy un valor de más de ciento cuarenta mil millones de dólares, el equivalente al producto interior bruto de Ucrania.

Pero una de las cifras económicas que más escuece en las heridas abiertas en la conciencia es la del presupuesto de la agencia norteamericana para la investigación en defensa, conocida por sus siglas DARPA, y de la que surgió el germen de lo que hoy conocemos como Internet. Para el próximo año, la organización, que financia proyectos en las facultades tecnológicas más prestigiosas de los Estados Unidos, tiene a su disposición fondos por más de 2,800 millones de dólares.

Entre las partidas que se reparten ese platal se encuentra el desarrollo de una bala inteligente, capaz de modificar su trayectoria y, con ello, aumentar la efectividad de los francotiradores. O el perfeccionamiento de un sistema de lectura de emisiones cerebrales para hacer posible la telepatía entre soldados. O incluso, el patrocinio de una carrera de vehículos terrestres no tripulados, y de drones capaces de recorrer la distancia entre la Base Aérea de Edwards y la Plaza Roja de Moscú en apenas una hora y cuarto. O un sistema capaz de integrar, procesar y manipular en tiempo real todas las imágenes disponibles de los circuitos cerrados de seguridad de las grandes ciudades. Ciencia ficción. Como una ensalada de patatas de sesenta mil dólares. Como una vía interoceánica de tren que no habría sido férrea, sino aúrea.

Y mientras unos tiran a la basura auténticas fortunas diseñando un futuro más propio de las viñetas de los cómics que de las crónicas de los noticieros, en muchos hogares que ni siquiera merecen llamarse así, otros luchan por llegar al final del día con apenas un par de monedas con las que alimentar a toda una familia.

Queda demostrado que el supuesto principio de justicia que rige el reparto de las riquezas no entiende de aritmética. ¿O será que de lo que no entiende, paradójicamente, es de justicia? Los 2,800 millones del presupuesto anual de DARPA supondrían dos días y medio de alimentación para cada una de las personas que viven con menos de un dólar al día en este mismo planeta en el que otros están dispuestos a pagar por los recuerdos de una ensalada de patatas que costará el equivalente al sueldo medio de un profesor universitario en Yale. Y esos mismos 2,800 millones de dólares, empleados en otras investigaciones que aspiraran a mejorar la vida de las personas, en lugar de la eficacia mortal de los francotiradores, probablemente contribuirían a hacer descender radicalmente las cifras de la pobreza. Pero la aritmética empleada en la dura tarea de contar billetes se lleva mal con la lógica.

@ oscar_gomez