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El continente americano no poseía animales de gran tamaño. El mamífero más grande era el tapir, cuya altura media no llega al metro. No valía la pena domesticarlo.

El caballo es originario de Norteamérica. Cruzó a Asia por Beringia y luego desapareció del continente. No había, pues, grandes bestias que domesticar y poner a trabajar.

Tampoco existían herramientas de cultivo. Se sembraba maíz en hoyos hechos en los campos. Espeque y coa eran los principales utensilios de labranza de los indígenas.

Aquel tipo de agricultura limitaba las posibilidades alimentarias. La colonización produjo una auténtica revolución agrícola. España envió bueyes, caballos, mulas. Animales de tiro para arar los campos. Solo en 1597 los mercantes trajeron más de 12,000 rejas para armar los arados. También aperos de labranza.

En el agro se dio el primer y más rápido y productivo mestizaje. América aportaba maíz, frijoles, tomates, papas, a la dieta. Los ibéricos, animales de tiro, instrumentos y técnicas agropecuarias heredadas de Fenicia o Roma. Y carne, muchísima carne.

Las flotas que partían de Castilla del Oro, Lima o La Habana llevaban oro, plata, madera, especies. Regresaban de España cargando vacas, cerdos, gallinas, palomas, alcaravanes, trigo, vides… Y personas, millones en tres siglos.

El primer viñedo fue sembrado en la Nueva España a mediados del siglo XVI. De California a las Pampas se extendieron animales, plantas y técnicas de cultivo.

La dieta del continente se hizo otra. Fue suma en todos los sentidos.

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