• Managua, Nicaragua |
  • |
  • |
  • elnuevodiario.com.ni

Mi nombre es Jorge Eduardo y tengo 30 años. Mi padre se fue de la casa cuando yo tenía siete, porque tenía otra mujer y otros hijos, pero antes de irse me dijo: “ahora vos sos el hombre de la casa”. Cuando pasaba el tiempo y no regresaba me tomé en serio lo que dijo, y viendo las carencias, la falta de alimentos, la frustración y desesperación de mi mamá, comencé a trabajar con mis hermanos, vendiendo pan y desinfectantes, mientras ella lavaba y planchaba.

Mi mamá aparentaba ser una persona dura, pero tal vez yo me despertaba en la noche y la miraba llorar en silencio mientras planchaba, y entonces me decía que tenía que ser fuerte y reprimir lo que sentía, para no hacerla sufrir.

A los 13 años comencé a participar en las pandillas, me gustaba buscar los pleitos y sentía una adicción a la violencia, una necesidad de sacar todo lo que llevaba adentro. Me agarraba con cualquiera, andaba con pistola, machete o cuchillo, pero, a la vez, lavaba, cocinaba y cuidaba a mis hermanos. Si nos herían nos curábamos y seguíamos en lo mismo porque habíamos perdido el amor a nuestro cuerpo.

Con el tiempo empezamos a usar lanzamorteros, AK-47 y escopetas, pero también fabricábamos armas hechizas. Casi a diario nos enfrentábamos tres o cuatro veces al día y por lo general había muertos y heridos porque teníamos “traidos” hasta con 22 pandillas al mismo tiempo. Casi no salíamos del barrio, siempre estábamos en la misma calle y solo nos movíamos en grupos de ocho a diez jóvenes.

Cuando cumplí los 19 años y decidí retirarme del todo, se armó un pleito e hirieron a un “broder” de mi pandilla. Como nadie lo defendía, me metí para ayudarlo y los de la pandilla vecina me rafaguearon con un AK-47 y quedé semicuadripléjico. En un principio mi condición me lastimó bastante, pero luego me dije que debía ser más fuerte para enfrentar la nueva vida que tenía delante, una vida más cruel todavía que la que había vivido: ser señalado, menospreciado, ser tachado de andar en silla de ruedas por haber sido pandillero.

Al año y medio decidí volver a estudiar y tratar de ser lo mejor posible para cerrar las bocas de los demás. En los talleres del CEPREV, que llegaba a capacitar a los jóvenes de mi barrio, aprendí en ese entonces que tenía que quererme yo mismo, porque si no, no sería capaz de hacer nada. La primera fase del cambio fue aprender a conocerme, saber lo bueno y lo malo que había en mí. Luego nacieron mis hijos, y comprendí que de ser alguien duro que no expresaba amor, tenía que romper el hielo y comenzar a dar lo que no había recibido.

Mi padre se apareció nuevamente en mi vida cuando yo tenía 25 años, solo para felicitarme porque me había bachillerado con honores y a pedirme perdón. Yo tenía bastante ira, odio, rencor y en ese momento quise golpearlo, pero comprendí que no ganaba nada con reclamarle porque yo era como él, y que tenía que perdonarlo para llegar a ser una mejor persona. Decidí tener una comunicación con él y demostrarle que podíamos ser mejores hombres. Ahora comprendo que si en este país hubiera más padres con el sentimiento de responsabilidad y de amor hacia sus hijos que él no tuvo hacia mí, habría menos pandilleros, menos drogadictos, menos jóvenes consumiendo licor y siendo mujeriegos y, principalmente, menos hombres demostrando su hombría siendo violentos.

Al reconciliarme con mi padre aprendí que aceptar mis errores, llorar y expresar mis sentimientos no me hacía menos hombre sino que me hacía una persona más fuerte. Ahora con mis hijos les hago entender que ellos son mi batería, que soy capaz de quitarme el bocado de la boca para dárselos y que soy capaz de salir adelante a pesar de las una y mil dificultades que se me presentan, porque quiero demostrarles que sin armas y sin violencia pueden ser mejores personas.

Una vez venía de la iglesia y le dije a mi madre que la amaba y la quería a pesar de lo duro que me mostraba, y entonces se puso a llorar y yo también. Entendí que los dos nos queríamos a pesar de que ninguno lo expresaba y que todo a corto o largo plazo en esta vida puede tener un buen final si uno se lo propone.

(La autora recoge testimonios de personas atendidas por el CEPREV que desean compartir sus experiencias de cambio).