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El lunes pasado, el presidente ecuatoriano Rafael Correa dijo, en una entrevista a un diario brasileño, que: “La restauración conservadora amenaza al ciclo progresista en América Latina".

¿Ese comentario responde a un ‘lapsus linguæ’, a una táctica o a una actitud intolerante?

Desde la óptica del presidente Correa "líder izquierdista brillante, preparado, de buenos y controversiales argumentos–, ¿la democracia no le debe dar cabida a aquellos que no sean progresistas (o derechistas)?

¿Los que no piensan como Correa, no deberían gobernar Ecuador? ¿O los buenos son los izquierdistas y los malos los derechistas?

Lo triste es pensar que con el socialismo del siglo XXI haya ciudadanos que desdeñen la tolerancia, el pluralismo y el respeto, a cambio de las lisonjas y mendrugos que les da un absolutista que compra sus conciencias para erigirse y justificar una dictadura.

¿O todavía hay izquierdistas latinoamericanos que no comprendan que para sobrevivir deben aceptar el mercado, practicar la tolerancia y la democracia conciliadora?

En Europa, nadie se estruja de pánico si su gobierno es de otra ideología. Nadie lucubra contra los adversarios pensando en destruirlos o creerlos enemigos. Más bien, se enfocan en servirle mejor a la nación.

Lamento que el presidente Correa piense que los regímenes conservadores son una preocupación terrible. ¿O él quiere allanar el camino para justificarse otra reelección?

La democracia no es una plataforma que prefiera a ciertas ideologías. Es un carruaje que no ve quién está al volante. El propósito de la democracia es permitir libremente a un gobierno cumplir con sus programas, bajo la auditoría y el escrutinio social de la prensa y los opositores. Es un mecanismo incluyente, fraterno. No es una herramienta punitiva que castiga a los perdedores, porque así lo quieran los ganadores.

¿Acaso lo importante no es tener gobiernos justos, eficientes, sin importar credos?

Por otro lado, asumir que la derecha es una amenaza a la izquierda, es creer que la democracia es un juego de destrucción mutua. Esa idea parece perversa, pues los vencedores no deben administrar la justicia, sino propiciar el entendimiento con sus adversarios.

Asimismo, si se cree que los conservadores no deben llegar al poder porque serían una amenaza para socialcristianos, liberales, socialdemócratas o socialistas, es ser incomprensivo de la naturaleza pluralista de toda democracia verdadera. Esta acoge, no rechaza.

La única enemiga de la democracia es la dictadura: autoritaria o totalitaria.

Aquellos que se aferran al poder indefinidamente, cometen varios errores: a) si piensan que el poder total es un patrimonio exclusivo, omnímodo. Y no deben darle oportunidad de alternancia a los que no coinciden con ellos; b) insultan la inteligencia del pueblo (al que dicen representar y defender) cuando creen que solo ellos como casta, élite o partido son los destinados a gobernar. Y asumen, además, que son más inteligentes y astutos; c) si creen que la democracia es un juego donde el que toma el poder, cambia las reglas del juego a su favor (con ajustes constitucionales, legales y artimañas) para eternizarse en este. El que hace eso trampea. Y la democracia es un mecanismo de reglas equitativas.

¿Por qué debe importar una ideología en el juego democrático, si lo fundamental es propiciar el mayor bienestar para todos?

¿Los que tienen vocación dictatorial saben que solo sus allegados, a los que premian, les creerán sus mentiras, mas no todo el pueblo variopinto?

La sanidad de la democracia se garantiza cuando hay alternancia en el poder. Esto asegura el respeto a la voluntad de otros. Cambiar, frecuentemente, de manos el poder político, previene caer en el despotismo controlador.

Cuando Ghandi lideró la liberación de su pueblo contra los británicos, humildemente, no se creyó apto para gobernar (1947). Y cedió esa tarea a Jawarlal Nehru. Algo parecido le sucedió a Pablo Neruda en Chile (1970). Y cedió una oferta presidencial en favor de Salvador Allende.

¿Por qué los líderes izquierdistas latinoamericanos de hoy no adoptan una postura igual? ¿O cunde solamente el deseo enfermizo de poder? ¿Cuántos líderes latinoamericanos estarían dispuestos a ser más cívicos que represivos, más tolerantes que autoritarios?

Una actitud ejemplar la tuvo el líder laborista británico Gordon Brown cuando en la última elección que condujo a la formación del gobierno actual, liderado por el conservador David Cameron, dijo: “Aunque yo podría hacer algún tipo de alianza y seguir en el poder, sería mejor que mis adversarios conservadores tomaran las riendas del gobierno, porque es mejor para Gran Bretaña.

Eso es ser superior: ¡poder superar las debilidades propias!