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En el mundo existen muchos necesitados que esperan ayuda, oprimidos que esperan justicia, desempleados que esperan trabajo, pueblos que esperan respeto. Hay quienes se mueren de hambre, están condenados al analfabetismo, carecen de asistencia médica, no tienen un techo donde vivir. Muchos están abandonados en su vejez o en la enfermedad, otros marginados o discriminados. Existen inmensas desigualdades entre ricos y pobres, y entre países ricos y países pobres, diversas formas de explotación y opresión, dictaduras, abusos, terribles sufrimientos por las guerras. ¡Los cristianos no debemos permanecer indiferentes ante estas situaciones!

Fiel al mandato divino: “Ama a tu prójimo como a ti mismo", la iglesia enseña que las estructuras de pecado que dominan las relaciones entre las personas y los pueblos deben ser transformadas en estructuras de solidaridad, creando o modificando las leyes apropiadamente y con medidas regulatorias de las relaciones económicas, acordes con la doctrina cristiana. Promoviendo una sociedad donde se respeten los derechos humanos, los gobiernos se sometan a las leyes y existan relaciones internacionales justas y respetuosas.

Sabemos que Jesús nos dará la salvación plena después de la muerte, pero su salvación empieza en este mundo; es una salvación integral y no solo espiritual, que tiene que ver con diferentes aspectos de nuestra vida, como lo económico, laboral o social. Así lo enseña la Iglesia Católica cuando predica el Evangelio de Jesús, que incluye su doctrina social sobre la dignidad humana, la justicia y la paz. La doctrina cristiana tiene una profunda unidad que brota de la FE en una salvación integral; de la ESPERANZA en una justicia plena; de la CARIDAD (amor) que nos hace hermanos a todos. Nuestra doctrina simplemente no sería la doctrina de Jesucristo si no incluyera su aspecto social.

Dios, que es el origen y el dueño de todos los bienes, los destinó para uso de todas las personas y pueblos. ¡Nadie debe carecer de lo mínimo necesario de acuerdo a la dignidad humana recibida de Dios! Si hay quienes carecen de lo necesario para suplir sus necesidades, nuestra fe nos obliga a transformar las estructuras socioeconómicas para corregirlo. Más allá de sentir compasión y hacer obras de caridad, que ciertamente debemos hacer, Jesús nos exige comprometernos solidariamente con los pobres, identificarnos con el que sufre, contribuir en realizar la transformación de las estructuras nacionales e internacionales que causan pobreza, dolor, marginación y otras carencias, promoviendo la distribución de los bienes, más que con justicia, con solidaridad.

Se trata de un mandato divino prioritario sobre cualquier ideología, ordenamiento jurídico o sistema político. Todos los derechos, sean los que fueren, incluyendo los de propiedad privada y libre mercado, que sin duda son derechos legítimos y necesarios, están subordinados a los principios sobre el destino universal de los bienes y la solidaridad, que son parte fundamental de nuestra doctrina (Catecismo de la Iglesia Católica: del 2401 al 2449).

¿Qué podemos hacer para transformar o mejorar las estructuras? Eso es parte del quehacer político; por eso nuestra doctrina social, según las enseñanzas de Jesucristo, nos exige no permanecer ajenos a la política, no ser apáticos, indiferentes o egoístas, pensando solo en nuestro bienestar sin importarnos los problemas nacionales e internacionales, negándonos a participar en la transformación social.

Nuestra iglesia orienta que específicamente los laicos debemos asumir el compromiso de participar políticamente, sea como funcionarios públicos, como miembros de algún partido o asociación, o generando opinión, concientizando; o simplemente apoyando, votando y eligiendo, como ciudadanos, a las personas que consideremos más capaces e idóneas, cuya ideología y proyectos sean los más cercanos a nuestros principios y valores.