Francisco Javier Bautista Lara
  • Managua, Nicaragua |
  • |
  • |
  • elnuevodiario.com.ni

¿Cómo no consternarnos ante el dolor humano producido por actos intencionales y premeditados contra personas inocentes? No es posible aceptarlos, el dolor de víctimas y familiares demandan justicia. Indigna lo bajo que caen algunas personas capaces de ejecutar estas acciones, vanagloriarse, y que no faltan quienes pretenden justificarlas.

El 23 de mayo iba al aeropuerto de Comalapa, a cuarenta minutos de San Salvador. Cinco kilómetros antes, sobre la carretera, siete horas después del hecho criminal, yacían sobre el pavimento los cuerpos inertes de seis pasajeros de una ruta de bus ametrallados (10.45 a.m.) ese "viernes negro". La vía estaba parcialmente cerrada delimitando el lugar del crimen, patrullas, forenses y bomberos permanecían en el sitio. Quienes viajábamos al aeropuerto internacional, observamos conmovidos la fatal escena.

La claridad de la tarde cedía paso a las tinieblas que comenzaban a inundarlo todo. Fue la segunda masacre del día, la primera ocurrió en la madrugada (Usulután): “seis trabajadores pesqueros fueron asesinados por pandilleros”. Las masacres ocurrieron ocho días después de la salida del gobierno de Funes y de la toma de posesión de Sánchez Cerén (FMLN), insinúan propósitos (o provocaciones) “político-delictivo” de quienes manipularon a delincuentes para sembrar miedo, desacreditar al gobierno saliente –primer gobierno de izquierda en El Salvador– y presionar al nuevo. En la sala de espera de la terminal, la gente comentaba el lamentable suceso. Me perturbó lo visto y agradecí que en Nicaragua estos incidentes no ocurrían y pensaba que volverían a ocurrir.

El 20 de julio, un día después del aniversario de la Revolución Sandinista, cuando hace 35 años miles de combatientes celebramos en la Plaza de la Revolución el fin de la dictadura somocista, los nicaragüenses fuimos sorprendidos por la noticia: “Dos caravanas de buses que regresaban de la Plaza de la Fe, fueron ametralladas, murieron seis personas y diecinueve lesionadas”.

Lo que ocurre en El Salvador es mucho más complejo y dramático que el hecho aislado –aunque preocupante– conocido en Nicaragua. Pregunto: ¿Quiénes están interesados en azuzar y financiar actos terroristas contra personas sencillas? ¿Quiénes se benefician del terror? Llama la atención: en El Salvador, el programa político-económico de izquierda tiene la oportunidad, de conformidad con las reglas de la democracia contemporánea, de empujar al país por un nuevo rumbo. En Nicaragua, la alta aceptación popular del gobierno, las transformaciones sociales y el megaproyecto del canal interoceánico, ofrecen la oportunidad de transformar el país y superar la pobreza. ¿Quiénes quieren impedirlo?

Diferencias políticas sobre modelos o programas son legítimas, deben manifestarse por la vía cívica, nada justifica la violencia terrorista que impulsan grupos extremistas minoritarios.

“El amor es más fuerte que el odio”, no permitamos la impunidad ni exacerbemos el odio, promovamos tolerancia y diálogo con justicia social y solidaridad. La violencia armada es un espiral que reproduce violencia. La sociedad, las víctimas del somocismo, la guerra, la violencia delictiva, social y política, claman: la paz y la seguridad, sustentadas en la justicia y la solidaridad, son los valores principales a construir y preservar.