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Miles de seres como un río humano, como una columna interminable de caminantes, descalzos con las plantas de sus pies partidas, agrietadas, por los miles de kilómetros transitados.

Huyen de la violencia social, la violencia intrafamiliar, las indolencias estatales, comunitarias y eclesiales. Son ángeles expulsados sin ninguna justificación, con una capacidad de resistencia frente a los sufrimientos de la asfixia, deshidratación, heridas, el hambre, el frío, el calor diurno del desierto y su frío nocturno.

Caminantes sin brújula; solos, desesperados, negados, abusados e invisibilizados. Enfrentando muchos monstruos como coyotes, traficantes de personas, explotadores sexuales, esclavistas modernos y delincuentes sin alma.

Pasando muros elevados, mallas eléctricas, desiertos, fronteras, cámaras televisivas y sabuesos hambrientos, gendarmes malvados. Viajan por días a pie, encerrados en vagones de trenes, tinas de furgones y camionetas, en bolsas plásticas en pequeños embalses, en cajones y maletas de comerciantes perversos.

Sin nombres; sin pasaportes, sin GPS, sin comida, sin medicinas, sin ropa, sin agua, sin linternas, solo con una mochila imaginaria cargada con el sueño de encontrar a sus madres y padres, la ilusión de tener una mejor vida.

Vienen del norte de América Central (Honduras, El Salvador, Guatemala) y México y van hacia el país contra uno de los ejércitos más poderosos, que posee sistemas de seguridad y una política migratoria agresiva contra la piel morena y cabellos chirizos o crespos.

Están llegando a Estados Unidos desde hace varios años por miles; y por miles son repatriados. Sin consideración, sin derechos, en una ida y vuelta donde muchos encuentran la muerte.

Son tantos estos seres flaquitos, hambrientos y semidesnudos que los sistemas estadísticos no reflejan con precisión cuántos son. Se presume que sean mucho más de los números publicados.

Estos patojos, güiros, chigüines, cipotes, como se les llama popularmente en nuestras naciones, palabras que en sus significados denotan humanidad, sin embargo son tratados como “indocumentados”, “ilegales”, “portadores de enfermedades”. Qué denigrantes estas expresiones porque denotan que no se les ve como personas, como ciudadanas y ciudadanos del mundo.

Estos niños y niñas cuando cruzan la línea del poder absoluto son “detenidos”, “retenidos”, “trasladados” e “ingresados” a albergues donde no cuenta con condiciones que les permitan gozar del derecho al agua, alimentación, salud, protección, dignidad, honra, educación, a vivir en familia, entre otros derechos.

Estas pequeñas y pequeños que enfrentan gigantescas agresiones caminan en un ciclo de violencia desde su país de origen, luego en los países de tránsito, después en el país de destino. Cuando son repatriados, vuelven a sufrir violencia.

Ante esta violación masiva de los derechos humanos, se requiere:

Reconocer que la Declaratoria de Emergencia o Crisis Humanitaria emitida por el presidente de Estados Unidos no es suficiente para atender la multiplicidad de problemas que viven las niñas y niños migrantes; problemas generados por la sociedad adulta.

Impulsar una reforma migratoria profunda en Estados Unidos. Una reforma no para deportar a las niñas y niños, sino para procurar el respeto a todos sus derechos humanos, su desarrollo y reunificación familiar.

Desarrollar transformaciones estructurales, económicas, políticas y sociales por medio de políticas públicas regionales y acciones transnacionales de los Estados, las agencias de cooperación internacional, el Sistema de Integración Centroamericana, las iglesias, las empresas, los movimientos sociales y las sociedades; estas políticas deben estar enfocadas en los derechos de la niñez migrante, sus familias y comunidades.

Promover la concertación de mayores acuerdos entre los gobiernos de Honduras, El Salvador, Guatemala y Estados Unidos, y que estos se implementen desde el interés superior de la niñez y la restitución de sus derechos, establecidos en los convenios internacionales de derechos humanos.

ccasaabierta@yahoo.com