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El poeta y hombre de letras Oscar Acosta (Tegucigalpa, 14 de abril, 1933) falleció el pasado 15 de julio, víctima de un derrame cerebral. Mucha pena me causa la pérdida de este catracho caballeroso, a quien la cultura de su país le debe notables aportes. De hecho, tras el ejemplo de Rafael Heliodoro Valle (1891-1959), Acosta fue el más completo difusor e intérprete literario de la hondureñidad.

Ahí —como parte de su legado— quedan las siguientes obras para demostrarlo, algunas en coautoría: “Antología de la nueva poesía hondureña” (1967), “Antología del cuento hondureño” (1968), “Exaltación de Honduras” (1971), “Poesía hondureña de hoy” (1973), “Los premios nacionales de literatura Ramón Rosa” (1975), “Alabanza de Honduras” (1975) y “Elogio de Tegucigalpa” (1978 y 2003). Como se ve, amó a su patria profundamente; pero sin prescindir de su violencia cotidiana y otras miserias, de acuerdo con su último poemario: “Mi país” (1971), sombrío retrato de su tierra y habitantes.

Dos selecciones de su obra poética dio a luz: una en 1965; la otra en 1976. Redactó un ensayo biográfico del polígrafo Rafael Heliodoro Valle (1964, 1973, 1981) y, a los veintitrés años, incursionó en la minificción con “El arca” (Lima, 1956). Pequeña obra pionera en el género fantástico a nivel centroamericano, “El arca” implicaba una ruptura con la narrativa hondureña precedente, mas no condujo a su renovación. Y fue hasta su segunda edición de 1991, como lo señala Víctor Manuel Ramos, que incidiría entre los jóvenes narradores hondureños.

A Oscar lo conocí en Madrid, a finales de 1973, cuando vivía con mi esposa y primogénita en “Colonia Ciudad de los Poetas”, nombre que a él hacía tanta gracia. Desde entonces fuimos amigos sinceros y nos alegrábamos de coincidir —durante jornadas académicas— en más de diez ciudades de Europa y nuestra América: Roma, Madrid de nuevo, Oviedo, Salamanca, Sevilla, Valladolid, San Juan (Puerto Rico), México D.F., Santiago (Chile), Rosario (Argentina), Medellín y Cartagena (Colombia). En ellas compartí su generosidad y carcajada estentórea. Pero, sobre todo, en su residencia de Tegucigalpa, donde me hospedaba y era atendido casi como rey.

El periodismo, la actividad editorial y, especialmente, la diplomacia (representó a Honduras en Perú, España, Italia y Ciudad del Vaticano) fueron sus ámbitos vitales. Como poeta, encontró pronto su voz propia en “Poesía menor” (1957). En 1960, obtuvo el Premio Centroamericano de Poesía “Rubén Darío” en Managua, y vino por primera vez a Nicaragua, de donde procedía uno de sus abuelos. Fue, por luengos años, director de la Academia Hondureña de la Lengua y en julio de 2003 la Nicaragüense lo incorporó entre sus miembros honorarios. También lo invitamos para participar, en León, al Segundo Simposio Internacional sobre Rubén Darío (enero, 2004).

En fin, Oscar Acosta era para mí como un verdadero hermano mayor.