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Tener hijos no nos convierte en padres o madres, igual que tener un violín no nos convierte en violinistas. Es necesario obtener del violín bellas melodías y hacer de nuestros hijos buenas personas. Nuestros niños y jóvenes serán en sus vidas bellas melodías o notas desafinadas según lo que sus padres logren hacer de ellos. La escuela, la iglesia y el ambiente social van a influir en su formación; pero lo que determinará el tipo de personas que serán nuestros hijos, fundamentalmente, va a ser la educación que reciban de sus padres. Esa educación los padres la trasmiten en primerísimo lugar con su propio ejemplo, pero también inculcando en los niños y jóvenes principios y normas de conducta, o sea, valores.

Una buena lista de valores podría ser la siguiente: amor, honestidad, responsabilidad, justicia, generosidad, solidaridad, tolerancia, respeto a la diversidad, empatía, perdón, moderación, prudencia, orden, organización, respeto al bien común, amistad, amabilidad, colaboración, gratitud, optimismo, paciencia, fortaleza, perseverancia, amor a la naturaleza y cuido del medioambiente.

Los valores son nuestras reglas de conducta, determinan nuestras actitudes y nos motivan para comportarnos de acuerdo con aquello que consideramos correcto. Los niños traen la ley natural de forma inherente a su condición humana; nacen con su conciencia, pero esta debe ser alimentada, formada, orientada. Con la ayuda de sus padres, educadores y de otras personas que interactúan con ellos, aprenderán a distinguir mejor lo que está bien y lo que está mal. Ellos van a expresar, hacer y vivir según sus valores.

No podemos educar en valores, ni como padres ni como formadores, si nosotros los desconocemos, y peor aún si no los practicamos. Así que el primer paso siempre será aprender e incorporar en nuestra vida los valores que queremos inculcar a las nuevas generaciones, conscientes de la importancia de ser coherentes viviendo según tales valores, practicándolos, pues de poco o nada servirá decir a los niños y jóvenes que actúen de determinada forma si nosotros actuamos de otra.

No solo los padres y maestros, sino los guías religiosos, los medios de comunicación, los gobernantes, la sociedad en general, deben participar en la educación en valores de los niños y jóvenes para que sean en el futuro buenos obreros, técnicos, profesionales o empresarios; buenos esposos, hijos, hermanos, padres, amigos, colegas y vecinos; buenos ciudadanos y buenos cristianos en el caso de los creyentes. Es llevar a la práctica las enseñanzas de la filosofía moral, la política en su mejor sentido, y el derecho, colaborando en la formación de una cultura pluralista, democrática y solidaria.

Educar en valores hoy es formar ciudadanos auténticos que sepan asumir conscientemente los retos de la vida moderna y puedan comprometerse en la construcción de un mundo más justo, más inclusivo, equitativo e intercultural.

El Nuevo Diario prioriza la educación en valores como uno de los objetivos de este medio de comunicación. Consecuentemente, apoyando la línea del periódico en que me honro colaborar, a partir de la semana próxima me referiré a los valores arriba mencionados, lo cual solo será interrumpido cuando haya algún suceso importante que por su relevancia se considere necesario comentar.

Como una amable sugerencia me permito, con la humildad y el respeto debidos, recomendar a los padres de familia, maestros y formadores, recortar y guardar esos artículos que, aunque breves, serán escritos con base en principios éticos universales ampliamente reconocidos, documentados en obras de varios educadores y en la doctrina moral de la Iglesia católica, incluyendo la doctrina social. Quizá este pequeño aporte pueda ser de alguna utilidad.