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Un fantasma recorre el mundo de las comunicaciones humanas conquistando almas, corazones, razas y culturas. Su lenguaje es universal y trasciende las distancias. Ni la televisión ni el teléfono convencional causaron en su momento el furor que este invento ha desatado. Es un aparato pequeño, sensible y frágil, y a veces complicado. Es contra agua y contra golpe, menos contra robo.

Hay de todos los tipos, tamaños, formas y preferencias: Musicales y chillones, matizones y ejecutivos, delgados y gordos, pobretones y elegantes, todo de acuerdo al bolsillo del cliente. El que tiene plata platica, el que no, se conforma. Al comienzo, te seduce como un niño y de repente te controla como un verdugo: te despierta por las mañanas, te recuerda tu agenda diaria, te da la hora, el estado del clima, revisa tu frecuencia cardíaca, tu presión arterial, tus cuentas bancarias, y hasta el estado de tus negocios y affaires sentimentales. Y, por supuesto, te avisa cuando necesita recargarse de minutos.

Me refiero al celular, ese aparatito de variados colores y modelos, pantalla táctil o dura que vivís cambiando a cada rato para estar a la moda y lucir en las fiestas y reuniones sociales. No importa que no tengás trabajo o que no tengás para la comida, lo importante es que luzcás un celular. O si tienes dos o más mejor. Parafraseando aquel refrán el slogan moderno reza: dime qué tipo de celular tienes y te diré qué clase de persona eres.

Gracias a ese bendito dispositivo, la comunicación a cualquier rincón del mundo y a cualquier hora, dejó de ser una tentación. Se acabaron las conexiones con alambres que eran azarosas. Ahora solo basta un correo electrónico, un chat, un Twitter y ya cumpliste con el compromiso de enviar un texto de felicitaciones a alguien que está de cumpleaños y que se encuentra lejos, o de amarrar un viaje de negocios en cuestión de minutos. Es más, podés amarrar la reunión soñada con el empresario soñado desde el baño o el romance que nunca lograste o que dejaste pendiente.

Aclaro que no tengo absolutamente nada en contra del celular. Pese a que soy un dinosaurio en asuntos de tecnología, confieso que el aparato posee múltiples propiedades que afortunadamente por mi ignorancia no he logrado escudriñar. Sé que es tremendamente seductor y casi mágico, porque podés chatear, tomar fotos, enviar email, espiar al vecino, grabar la conversación de un amigo, jugar cuando estás aburrido, recordarte cualquier actividad pendiente, hacer sumas en la calculadora, grabar un video, escuchar música, etc.

Alguien me decía que el celular es el mismísimo diablo vestido a la moda, una especie de ente omnipresente y casi omnisciente que todo lo puede. Un oscuro objeto de deseo que ha capturado nuestras almas y convertido a nuestras familias en esclavas de la tecnología.

Creo que nadie duda de las innumerables bondades del celular. De su infinito encanto y de sus maravillas en el mundo de los negocios. Gracias a sus múltiples servicios, nuestras economías han crecido, nuestros horizontes culturales se han ampliado, y nuestras relaciones se han masificado. También nuestras vidas ya no son las mismas.

Tenemos más confort, pero somos más banales. Hoy estamos más y mejor informados que antes, hoy tenemos más relaciones, hacemos mejores negocios y por supuesto más dinero, lo que es bueno.

Pero, ironías de la tecnología, el celular nos ha transformado en una sociedad codependiente, adicta y enferma, lo que es preocupante. Conozco a muchas personas que al levantarse de la cama, lo primero que hacen es darle los buenos días al celular, como si este fuera un ser humano. Algunos, incluso, lo colocan en un nicho, como que si fuera un santo. Otros se los llevan al baño para chatear y ver fotografías que tienen escondidas.

Otros pretenden superar el complejo de inferioridad que arrastran desde la adolescencia, chateando clandestinamente con una desconocida amiga que solo han visto en fotos. También he visto a algunos niños manipulando su celular a su gusto y antojo, sin ningún tipo de restricciones. No es que sea puritano ni conservador, pero un aparato de estos en manos de unos niños, es una bomba de tiempo.

Reitero y finalizo: no tengo nada en contra de los celulares. Solo advierto que el uso inapropiado de los mismos nos puede llevar a un Apocalipsis espiritual, una debacle mundial de valores, un final inesperado en que la humanidad sea destruida por sus propios inventos. Recordemos que lucha entre Dios y el Diablo aún no termina. Y este diablo que duerme con nosotros, cambia diario de ropaje, viste a la moda.