Augusto Zamora R.*
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Nada conforma tanto la identidad de un pueblo como el idioma, la lingua mater. En la Europa del siglo XIX los idiomas fueron enseñas, lanzas, estandartes de combate en la lucha de decenas de pueblos por obtener Estado propio.

La pertenencia a un pueblo la determinaba, sobre todo, la lengua que hablaba. Italianos ‘eran’ quienes hablaban italiano. Griegos, los hablante del griego…Y así una larga lista.

Los movimientos nacionales construían sus ideas sobre la idea de Estado-nación. Los pueblos que poseían lengua propia eran ‘naciones’ y, como tales, tenían derecho a Estado propio. Una nación, un Estado.

Los límites del Estado-nación se determinarían identificando las áreas donde habitaban los ‘nacionales’, sobre el criterio de la mayoría dominante.

Pero una mayoría estaba mezclada. Las luchas de nacionalidades que serían unas de las causas de la I Guerra Mundial. Y de otras más modernas: la que destruyó Yugoslavia o la que subyace en el conflicto ucraniano.

Los nacionalismos parieron, entre otros desastres, limpiezas étnicas, el racismo, las guerras imperialistas y, finalmente, fascismo, nazismo y sionismo.

Se trata de patologías ajenas a Latinoamérica, aunque algunos ‘politólogos’ nativos copien términos europeos ignorando su significado real.

De California a la Patagonia nos movemos hablando el mismo idioma, escuchando la misma música, leyendo a los mismos poetas… Los países hasta hacen concursos para determinar ‘señas de identidad’, que terminan en imitaciones unos de otros.

Maravilloso mundo este, donde casi todo nos une, casi nada nos separa.

 

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