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De no haber sido por mi maestra de sexto grado, probablemente nunca habría aprendido a escribir correctamente. Una vez, tímidamente, le confesé que no manejaba bien las reglas que gobiernan dónde y cuándo poner tildes, esos signos que pueden cambiar el significado de una palabra e incluso una frase. Ella hizo un esfuerzo especial para asegurarse que las aprendiera.

En América Latina, muchos niños no son tan afortunados como yo de recibir este tipo de atención. Según un reciente informe del Banco Mundial, “Grandes docentes: cómo mejorar el aprendizaje de los alumnos en América Latina y el Caribe”, los niños de las escuelas públicas latinoamericanas pierden un día completo de clases cada semana debido a las prácticas docentes. El ausentismo, la escasa preparación, el bajo nivel de capacitación, junto con los bajos sueldos, sumado a la falta de liderazgo en la gestión escolar, todos juegan un papel.

Tras una investigación sin precedentes que incluyó la observación directa de más de 15,000 aulas en 3,000 escuelas primarias y secundarias en siete países de América Latina, el informe es una poderosa contribución al creciente cuerpo de investigación sobre la forma de mejorar la calidad de la instrucción y los resultados del aprendizaje.

El reporte llega en un momento en que los expertos reflexionan sobre cómo América Latina mantendrá los niveles de crecimiento que hicieron posible que por primera vez en la historia la clase media superara el número de personas en la pobreza. La innovación, la competitividad, la reforma del Estado y la educación suelen ser citadas como las bases para impulsar los motores económicos que puedan generar una mayor prosperidad.

Sin embargo, en el Programa de la OCDE para la prueba de Evaluación de Estudiantes (PISA) en 2012, ocho países latinoamericanos participantes quedaron al final de la escala para los países de ingresos medios.

Los líderes de la región han puesto un gran énfasis en la educación. De hecho, la mayoría de los países de ingreso medio de América Latina gastan la misma proporción del PIB en educación que los países de la OCDE. Durante los últimos 50 años, América Latina y el Caribe han alcanzado el mismo nivel de expansión de la cobertura educativa que tomó un siglo o más en lograrse en muchos países de la OCDE.

La cobertura, por supuesto, no garantiza una enseñanza de calidad. Los factores son otros. En Finlandia, ser maestro es una profesión de prestigio, más que ser ingeniero, buscada por los mejores graduados de la escuela secundaria. En América Latina, la carrera en educación, por lo general, no atrae a los mejores estudiantes. Se necesitan más incentivos que premien a los mejores maestros, al tiempo de darles a otros la oportunidad de mejorar. La evaluación sistemática del docente, con la cooperación de los sindicatos, ayudaría a viabilizar las reformas, a generar sistemas basados en resultados y a mejorar el estatus del docente en la sociedad.

Si bien la importancia de una buena enseñanza es intuitivamente obvia, lo cierto es que solo en los últimos diez años hemos empezado a medir el costo económico de la baja calidad de los maestros.

Por ello, los Gobiernos están prestando mucha más atención a la calidad y el desempeño de los docentes, como factor desencadenante de un círculo virtuoso. Las reformas en Chile, México y Perú son ejemplos de los esfuerzos de transformación que tratan de avanzar hacia una carrera docente basada en el mérito y de dar oportunidades para el desarrollo profesional y la promoción de los maestros en función del desempeño.

Las reformas en curso son seguidas de cerca por una población que demanda más y mejores servicios públicos. La gente sabe que lograr que los niños aprendan —y no simplemente asistan a la escuela— es necesario para garantizarle a la próxima generación un futuro de prosperidad.

La idea de ofrecer oportunidades para todos tiene que ir más allá de la inclusión y lograr calidad —un tipo de aprendizaje relevante que ayude a los estudiantes latinoamericanos a insertarse en un mercado de trabajo muy competitivo—. Y esa calidad crecerá en proporción a la calidad de los maestros que ingresen a diario a nuestras aulas.

 

(Jorge Familiar es vicepresidente para América Latina y el Caribe del Banco Mundial).