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Todas las mañanas los veo salir de sus casas con una buena dosis de adrenalina en sus venas. Apurados y estresados. Algunos se encomiendan a Dios, otros prefieren al diablo. Cuestión de gusto. La presión sube a 140/100. Encienden sus autos y comienzan a correr como locos desenfrenados, como buscando sangre. Sálvese quien pueda. Sus mentes amanecieron turbadas. No disfrutan del cielo azul ni de los volcanes que salpican el paisaje, ni del sol y la lluvia, ni de las semillas de marañón que venden en los semáforos, ni del diario que regalan, ni del señor que en una silla de ruedas pide para comer, ni de la niña sonriente que hace piruetas con fuego y pelotas en el asfalto.

Otros, los de a pie, los que no tienen vehículos, los vulnerables, los pobres, al menos sí reparan en el paisaje, en el perro que hace el sexo sobre un poste de luz, en el semáforo en rojo, en el bus que no se detiene, en el auto que deja el ruido de la muerte en los oídos, en el ladrón que repentinamente roba el bolso o la cartera de alguien y desaparece entre la multitud, o en la mujer que contonea su bonito cuerpo mientras llega a la parada; porque en la calle hay mucho que ver y aprender, y es mejor andar con los ojos bien abiertos y los sentidos encendidos para que no te atropellen.

Sin embargo, lo irónico de la vida es que tanto los que manejan sus carros como los que van a pie o en bus tienen algo en común, que los une y los marca, a pesar de las muchas cosas que los separan: una preocupación en su rostro, una angustia en sus ojos, una mueca donde hubo una sonrisa, una tristeza que apenas empieza. No caminan felices. Van preocupados o perturbados por cualquier cosa; porque no pasa el bus y llegarán tarde al trabajo, o porque no tienen empleo y esperan conseguir uno, o porque no pueden pagar una deuda, o porque amanecieron enfermos y no tienen para visitar un médico. O porque se les está muriendo un ser querido y no tienen recursos para atenderlo. O porque hoy los arrojan de la pieza donde están viviendo si no pagan el mes de la renta. Hay miles de problemas que los agobian, pero la vida sigue, el mundo gira y todo pasa. El pasado es del diablo. El mañana es de Dios, y el hoy es neutro, depende de cómo te vaya.

Por eso mi pregunta sigue siendo la misma. ¿A dónde vamos tan de prisa? ¿A quién queremos ganarle? Entiendo las preocupaciones esenciales de la vida: comer, vestirse, tener salud, vivienda y bienestar social. Me ubico en este masivo grupo de pobres que hemos corrido de un lado a otro en busca de empleo y comida, luchando diariamente sin perder la dignidad. Pero llega un momento en que nos cansamos, y nos damos cuenta de que todo es un enorme círculo vicioso que termina en la muerte.

Lo que no entiendo es el afán enfermizo de algunas personas que, teniendo todo lo necesario para vivir y ser felices, aún continúan corriendo de prisa contra un reloj irreal, sin haber armonizado su reloj interior. Creo que el secreto de la vida está en armonizar tu propia vida y dejar que el tiempo se encargue del reloj de arena.

Insisto: ¿a dónde vamos tan de prisa? Creo que a ningún lado. Todos terminaremos la carrera en el mismo lugar: la tumba. Nadie saldrá vivo de este mundo. No importa quién haya llegado primero. Lo importante es saber vivir. Haber podido vivir despacio, sobrio, sin que nada te falte ni te sobre. Liviano y relajado. Contento de vivir y resignado a morir. Ya tendremos tiempo para discutir sobre otras cosas en la eternidad.

 

felixnavarrete_23@yahoo.com