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Me llamo Antonio y tengo 22 años de edad. Mi padre me abandonó en el vientre de mi madre y hasta la fecha no lo conozco. Por eso no llevo su apellido sino el de mi madre. Tengo cuatro hermanos de distintos padres y al único compañero de mi madre que nos tomó bastante cariño y nos apoyaba, lo mataron cuando se resistió en un robo.

No tener el amor de un padre, me volvió resentido. A los 13 años me metí en las pandillas del barrio, consumíamos piedra con marihuana, peleábamos con machetes, armas hechizas, pistolas, nos dedicábamos a robarle a la gente que volvía del trabajo o entrábamos a las casas. Yo estaba cegado, solo pensaba en las vagancias y en hacer maldades. Fui detenido seis veces en las estaciones policiales y, a veces, me golpeaban tanto que me metían desmayado en la celda.

Cuando tenía 19 años mataron a mi mejor amigo. Íbamos persiguiendo a dos enemigos que pasaron en una moto, entonces uno de ellos sacó una pistola y nos disparó. Mi amigo cayó con un balazo en la frente y fue terrible para mí verlo morir antes de llegar al hospital, porque tenía solo 16 años. Cuando había pasado menos de dos meses, también mataron a uno de mis hermanos. Le dieron un balazo en el corazón en otro pleito de pandillas. Nunca supimos quién lo hizo y me sentí desesperadísimo, porque él me quería bastante y me cuidaba. Mi madre casi se vuelve loca, se puso flaquita, lloraba y se enfermaba mucho.

A mi barrio, empezaron a llegar las sicólogas del Ceprev y nos invitaron a cursar unos talleres, en los que aprendí que el machismo nos estaba matando, porque era cosa de demostrar que uno era más que el otro y así terminábamos enfrentándonos sin pensar en las consecuencias. Decíamos: “Si morimos, morimos en nuestra ley”. Cuando era niño sufrí el machismo de mi padre que luego me abandonó; este también lo sufren las mujeres como mi madre, que sola nos tuvo que sacar adelante.

A mi madre le gusta el trabajo de esa organización, porque nos ha ayudado bastante. Antes yo era demasiado impulsivo y malcriado, le alzaba la voz, no le hacía caso a sus consejos, pero ahora escucho lo que me dice. También he cambiado la forma en que veo a las mujeres; antes las menospreciaba y las miraba como un objeto, pero me he puesto a pensar que ese desprecio también se lo hicieron a mi madre. Ahora tengo una novia y puedo decir que hasta ahora siento eso que se denomina amor por una mujer.

Después de las capacitaciones, me dieron una beca de electricidad residencial. Ya voy sobre tres meses estudiando los jueves y viernes, y eso me da un aliento de superación, porque ya la gente me mira diferente. Desde hace seis meses se acabaron en mi barrio los conflictos de pandillas. Ahora trabajo día de por medio como guardia de seguridad y cuando llego a la casa, me dedico a los quehaceres y a veces salgo a jugar fútbol.

Siento que al dejar atrás el pasado, estoy naciendo de nuevo. Cuando estaba en las pandillas pensaba que iba a terminar en las calles y desgraciado, porque vi a muchos baleados y macheteados. Ahora me veo formando una familia, pero también quisiera trabajar como electricista para pagar mis estudios de arquitectura, porque ya no tengo miedo de seguir adelante.

 

(La autora recoge testimonios de personas atendidas por el Centro de Prevención de la Violencia, Ceprev, que desean compartir su experiencia de cambio)

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