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De forma inesperada, el Gobierno alemán canceló el proyecto conjunto con Rusia para la construcción de un Centro de Estudios Militares en Nizhni Nóvgorod, que ascendía a 100 millones de euros. Así se adelanta Alemania a las sanciones contra Rusia, aprobadas por EE.UU. y la Unión Europea, con el pretexto del apoyo ruso a los rebeldes ucranios, que —según la OTAN— son responsables del derribo del avión de Malaysia Airlines, que dejó 298 muertos.

Las retaliaciones contra Rusia nos devuelven a los momentos álgidos de la Guerra Fría. Aunque apenas empieza la investigación del hecho, los Gobiernos de la OTAN se apresuraron a culpar a Rusia, lanzando una áspera campaña propagandística, seguida de la adopción de sanciones económicas, políticas y militares. La cruda realidad es que las sanciones son no por el avión malasio, sino por la política de Rusia hacia Ucrania. La OTAN aprovecha el derribo del avión para avanzar en su designio de extenderse a la vital —para Rusia— república exsoviética.

El derribo del avión malasio no es el primero que ocurre en Ucrania. En octubre de 2001, una aeronave de Siberian Airlines, con 70 personas a bordo, fue derribada por un misil tierra-aire. El avión se estrelló en el mar Negro, sin sobrevivientes. Aunque el Gobierno ucraniano negó implicación en el hecho, luego reconoció que el avión ruso había sido derribado por un misil del ejército ucraniano. Indemnizaciones y caso cerrado.

Mucho más grave fue el derribo, en 1988, del vuelo 655 de Iran Air, por un misil lanzado desde el buque estadounidense USS Vinceness, en que perecieron 290 personas. EE.UU. alegó que habían confundido el aparato con un avión de guerra iraní, aunque el buque poseía sistemas de radar suficientes para distinguir de qué tipo era. En 1996 EE.UU. aceptó indemnizar a las víctimas, pero no pidió disculpas, ni repuso a Irán la aeronave derribada. No hubo sanciones contra EE.UU.

El caso del avión malasio recuerda el uso propagandístico del derribo por aeronaves soviéticas, en 1983, del vuelo 007 de Korean Airlines, que ingresó en territorio restringido de la URSS. EE.UU. aprovechó el incidente para lanzar una furibunda campaña contra la URSS. Hoy se sabe que el derribo fue provocado por EE.UU., que el día anterior había enviado un avión espía RC-135 a sobrevolar ese territorio soviético. EE.UU. metió otra vez al RC-135 junto al avión coreano para burlar los radares soviéticos. Los pilotos creyeron que el avión coreano era el espía y dispararon sin más.

El derribo de una aeronave civil, con todo lo terrible que es, no provoca por sí mismo terremotos políticos. Israel derribó, en 1973, un avión libio de pasajeros y todo se disculpó en términos de seguridad militar. Caso distinto es cuando el derribo ocurre donde hay conflictos geopolíticos. En estos casos, el incidente se aprovecha para golpear cuanto sea posible al adversario. Es lo que ha ocurrido con el avión malasio en Ucrania, usado para ocultar los objetivos reales perseguidos por la OTAN.

El problema es que Moscú, en Ucrania, juega en serio. Permitir que un país que formó parte de Rusia durante siglos ingrese en una alianza hostil es algo que Rusia no puede aceptar sin arriesgar su seguridad y ver reducida a mínimos su condición de potencia europea. Cuando Moscú decidió responder al golpe de Estado contra Yanukóvich, anexionándose Crimea, quiso —además de recuperar su histórica península— establecer líneas que no deben traspasarse. No obstante, la OTAN rehúsa aceptar que la paz y el equilibrio europeo requieren que Ucrania no sea un “escenario competitivo”, sino un “escenario neutral”, un limes que separe el territorio de la OTAN del de Rusia.

Occidente olvida adrede que más de la mitad del territorio actual de Ucrania fue parte de Rusia hasta 1922, cuando la naciente Unión Soviética redistribuyó territorios en la creencia de que sería eterna. La OTAN se ha extendido por todo el antiguo Pacto de Varsovia y a repúblicas exsoviéticas y quiere ahora sumar Ucrania, es decir, instalarse en las entrañas mismas de Rusia. ¿Rusia amenaza o es Rusia la amenazada?

Los hechos acontecidos en el mundo desde el suicidio de la URSS señalan a la OTAN como la mayor fuente de desestabilización del planeta. Desde la agresión contra Yugoslavia, en 1991, a la destrucción de Libia en 2012, ha sumido extensas zonas del mundo en violencia y caos. De Afganistán a Nigeria, los atlantistas han provocado una inestabilidad creciente y condenado al infierno a los pueblos invadidos.

La rapidez con que EE.UU. y la UE han actuado contra Rusia choca frontalmente con la actitud cómplice hacia Israel en la carnicería en Gaza. En la martirizada franja, Israel tiene casi un mes perpetrando crímenes continuados de guerra y lesa humanidad. Israel es muy susceptible a las sanciones de Occidente, por su extrema dependencia de Europa y de EE.UU.; pero para Israel nunca hay sanciones, haga lo que haga. La OTAN, eso sí, parece empeñada en provocar un nuevo conflicto mundial.