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La insistente llamada de la historia empuja el coche hacia el secarral más árido de Aragón. Una celebrada decisión de última hora desvía nuestro camino de vuelta de vacaciones hacia Belchite, a cincuenta kilómetros de Zaragoza.

Ante mis ojos se yerguen esqueletos de pechinas y contrafuertes, crujías que siguen cumpliendo su misión de consolidar estructuras que ya no sostienen cubiertas ni tabiques. Vigones centenarios que se han recostado sobre muros reventados por los obuses y los morteros.

No hay cal ni enfoscados. No hay piel sobre las casas de los labriegos esforzados de una tierra yerma. Apenas unas manchas de color se adivinan en lo poco que queda de los frescos de las naves sagradas, que albergaron rezos de urgencia para que no se consumara la maldita profecía de un pueblo condenado a quedar reducido a símbolo del odio.

Al cerrar los ojos, lacerados por la devastadora visión, pude escuchar los gritos agudos de las madres, los silbidos de las bombas, las tormentas de mil truenos en las que se deshacen las granadas de mano, los chirridos aterradores de las cadenas de los tanques, los golpeteos secos de los martillos de los máuseres, y más gritos, y más llantos. El eco sordo de los cuerpos que caen sobre las calles terrizas y las arengas de comandantes envenenados por la hiel tragada en la visión de cada una de las cinco mil bajas que registraron quienes fueron partes de la guerra.

Pero esas mismas calles de tierra ya habían filtrado otras veces en sus entrañas el hedor de la muerte. Como si los primeros humanos que se asentaron en aquel desierto ya hubieran maldecido la planicie vasta, apenas deshecha por lomas suaves que rompen la línea oscura del horizonte.

Arrastro los pies por la grava que cubre el piso de un museo dedicado al espanto y pienso en todas las guerras. La memoria de Belchite me lleva a Siria, a Ucrania, a Irak, a Colombia, a Palestina… y sobre todo a las guerras que vendrán. Aún me ahoga el grito sordo de los fantasmas del terror inerme, cuando una noticia me descerraja un tiro a bocajarro en la conciencia: Estados Unidos dispondrá a partir de octubre próximo de al menos 300,000 millones de dólares para formar a ejércitos africanos, para que mejoren la respuesta rápida de sus fuerzas pacificadoras en caso de emergencia.

Si unimos el hecho de que era un Premio Nobel de la Paz –el propio Barack Obama– quien lo anunciaba, a las palabras sabiamente escogidas por los asesores del presidente norteamericano que hablaban de emergencia, de paz y de rapidez, cualquiera podría confundirse y pensar que en lo que está dispuesto a gastar ochenta mil millones anuales Estados Unidos es en ayuda humanitaria. Sin embargo, los rifles de asalto no curan heridas, sino que las producen. Los vehículos blindados no transportan víctimas, sino a la misma muerte.

“No tenemos el deseo de expandirnos y dejar nuestra huella en África”, aseveraba Obama en la misma comparecencia de prensa. “Excusatio non petita”. Y al día siguiente, también anunciaba que iniciaba con diligencia un proceso de armamento de las milicias kurdas en Irak.

Mi conciencia, malherida, vuelve a perderse por la tierra maldecida por la muerte en medio de las llanuras desérticas de Aragón, en un pueblo condenado a conocer todas las guerras que pasaron rozando sus lindes. Y me pregunto si los fusiles "Made in U.S.A." que ahora llegarán al Kurdistán o a los Estados de la Unión Africana, disfrazados de ayuda contra el mal por parte de quienes están por encima del bien (y del mal), no serán en realidad una mutación del virus que convirtió en crónica la enfermedad de la muerte y el odio en Belchite durante siglos. Guerras que se ciernen una y otra vez sobre el destino negro de un pueblo que cometió el único pecado de ubicarse en unas coordenadas determinadas de los mapas.

 

@ oscar_gomez