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Las estadísticas del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) son dramáticas. En el mundo, actualmente, hay entre 11 y 12 millones de refugiados o desplazados, por causa de las guerras, los conflictos, las epidemias, las dictaduras y el hambre.

Lo pavoroso del último informe es que se predice un incremento exponencial de estos en la medida que los conflictos se prolonguen, se extiendan, surjan otros, y el dinero sea más escaso.

Veamos una causa.

Corea del Norte utiliza el 42% de su presupuesto para comprar armas. Estas son para reprimir al pueblo coreano y amenazar constantemente a sus vecinos (el arte perverso de inventar que los agreden para someter a los suyos teniéndolos como soldados). Es la única nación del mundo que no ha hecho una sola reforma de mercado o en favor de la democracia. Pero, cada año, por territorio chino, huyen miles de norcoreanos hacia Corea del Sur.

Jorge Luis Borges afirmaba que “La dictadura favorece la opresión, el servilismo y, lo que es peor, favorece la idiotez”.

Lo execrable es que los que sustentan dictaduras, nunca se enteran de esa condición mental degradante que padecen.

La justificación terrible de los dictadores: someter a todos los ciudadanos al esclavismo, creyendo ciegamente ser amados y eternos en el poder.

Los países que más refugiados producen: Siria, Irak, Sudán, Senegal. Y ahora están de moda: Nigeria, Palestina y Ucrania.

Cuando vemos las causas superficiales del conflicto, se perciben las luchas por el poder, las posesiones materiales, o las disputas que terminan en soluciones arbitrarias.

Cuando vemos al interior del asunto, sobresalen los padecimientos internos del ser humano: maldad, ignorancia, egoísmo, codicia, intolerancia, irrespeto, apego al poder y las posesiones.

¿O simplemente, la causa yace en que unos pocos se sientan superiores a las mayorías y asuman que deben prevalecer, y los otros sometérseles?

La contabilidad emocional es dramática y dolorosa: los que huyen deben abandonar sus hogares, sus posesiones, a sus padres, o llevar a sus hijos a tierras extrañas donde serán ciudadanos con menores derechos y escasas oportunidades. En el peor de los casos, hay quienes huyen heridos, amputados o enfermos.

Los que más sufren: mujeres, ancianos y niños.

El resultado palpable es que los refugiados, donde vayan, tendrán menos esperanzas, menos chances de vivir felices o dignamente. A largo plazo, habrá masas ambulantes de gentes de diversas nacionalidades desplazándose por muchos países, mendigando pan, trabajo, un hogar digno, y un pasaporte al pasado tranquilo de su patria.

¿Hasta cuándo los conflictos por el poder o las posesiones cesarán?

El filósofo Juan Jacobo Rousseau decía: “Todos vivíamos bien. Pero, el problema de la humanidad comenzó cuando alguien dijo: esto es mío”.

¿Habrá quienes sientan que son amos predestinados para poseer el poder total o las superlativas riquezas?

Siria es un caso preocupante. Ya hay más de un millón de refugiados sirios en Jordania, Líbano, Turquía, Egipto e Irán. Ese drama se sale de las manos de la benemérita ACNUR.

Lo más doloroso es que se dispone de poco dinero para ayudarles a los que más sufren. ¡Y cómo rebuscan la plata cuando un banco necesita evitar la quiebra financiera o cuando hay que comprar armas!

En el Medio Oriente y zonas adyacentes hay demasiados conflictos. Es un área encendida —e incendiaria— de polvorines y cerillos, que abarca hasta el Norte africano: Libia y Egipto; y del Mar Negro (Ucrania). Una chispa ahí iniciaría un conflicto bíblico. Es una ecuación siniestra: entre más armas entran, más refugiados inocentes huyen desprotegidos y despavoridos.

Los guionistas de libretos del futuro han presentado a los hombres huyendo hacia regiones inhóspitas, porque una raza superior llega a la Tierra para someternos.

¿O los simios lograrán apoderarse de esta civilización humana y, a veces, deshumanizada?, ¿o con gran sentido predictivo esos simios son los dictadores que han engullido a algunos pueblos en dictaduras sangrientas y luego huyen horrorizados, escondiéndose en alcantarillas o disfrazándose de mendigos?

Si los tiranos nunca creyeron que debían asumir la compasión de un Dios inquebrantable, ¿por qué nunca desistieron de sus maldades cuando vieron que jamás serían rescatados por sus corruptibles demonios?

¿Al final, todos los humanos huirán irremisiblemente?

¿Es el destino del ser humano huir?, ¿o deberíamos comenzar por atrapar a aquellos aprendices de dictadores que causan desbandadas humanas cuando en sus mentes huyen de sí: hacia la maldad, la infamia, el irrespeto hacia los demás o la búsqueda del reino draconiano de la idiotez y la humillación?

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