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Quizás nunca los has visto, porque tus ojos solo tienen luz para tu rostro. Pero todas las mañanas que te miras en el espejo, orgulloso de tu cara, de tus ojos y de tu boca, no reparas que ellos están allí, calladitos, maliciosos, creciendo, escondidos como mafiosos duendecillos, riéndose del destino que te espera.

Me refiero a los siete pecados capitales que fueron institucionalizados por el papa Gregorio Magno y la Iglesia católica, y que han puesto a nuestra vida pimienta y sal. Son una especie de siete jinetes del Apocalipsis cotidiano que cabalgan sobre nuestros sueños, pensamientos, pasiones y acciones, sacando lo peor que existe dentro de nosotros. No importa tu credo religioso o político, ni tu origen social o cultural. Todos sucumbimos a estos vicios. Son seductores y adictivos. Están allí desde que abrimos los ojos, en algún lugar de la memoria, en nuestro ‘chip’ genético, quizás en nuestro tamiz neonatal, archivados y activados, preparados para salir cuando la mente y el corazón lo ordenen. Una vez sueltos, que Dios nos agarre confesados.

Voy a referirme brevemente a cada uno de estos fantasmas. Le pregunto: ¿cuáles son los suyos? Yo tengo los míos y lucho con ellos cada día. A veces los derroto, otras veces me ganan. Es una lucha diaria entre sobrevivir y sucumbir. Nacemos con ellos, pero ellos nos sobreviven.

Comenzaré por el más grave: la soberbia. Según el diccionario de la Real Academia Española, ‘soberbia’ es la altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros. Es la cólera o ira expresada con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas.

En palabras más gráficas, soberbia es sentirse la última Coca Cola del desierto cuando no eres más que una cucaracha ambulante; es creerse el ser más importante sobre la faz de la tierra, cuando eres una partícula insignificante del universo. Un terreno fértil para la soberbia son la política y los negocios. La antítesis de la soberbia es la humildad. Sin embargo, la humildad es una virtud en extinción, un falso concepto, y para muchos una forma de ser pendejo. Aunque recordemos que Dios quiere al humilde y rechaza al soberbio.

La avaricia. De avaros está poblado el planeta. ¿Cómo es posible que la riqueza de todo el mundo esté concentrada en la cuenta de 500 personas, cuando millones no tienen ni siquiera que comer? Si esto no es pecado, no sé cómo llamarle a esta monstruosidad. El avaro atesora riquezas compulsivamente. Su dios es el dinero y lo idolatra. La antítesis de la avaricia es la austeridad, la sencillez y la generosidad. El avaro, en el fondo, ha elegido su propio dios.

La gula. Es un apetito desordenado por la comida y la bebida. Destruye nuestro cuerpo y nuestra salud. ¿Cuántos obesos mueren precozmente por no controlar sus apetitos? Creo que si al menos recordáramos que nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, comeríamos menos, aunque sea por delicadeza con nosotros mismos.

La pereza. Es un vicio que está enclavado en nuestra cultura, generando pobreza. Es una actitud de rechazo al trabajo, a no cumplir con nuestras obligaciones. Se dice que la pereza es la madre de todos los vicios. La antítesis de la pereza es la laboriosidad. El que no trabaja, no come.

La ira. Es un fantasma que tiene atrapado a millones de personas. Es el enojo sin medida, es el energúmeno que ha perdido la risa y el color, y llega a su casa a discutir violentamente con su familia. La antítesis de la ira es la paciencia. El que tiene paciencia, todo lo alcanza. El impaciente, todo lo frustra.

La envidia. Un vicio desagradable. Desear lo que el otro tiene. Sentir tristeza por no tener lo que el vecino tiene. Vivirse comparando con los demás. Se entristecen cuando otros ascienden de puestos o posiciones. El envidioso es capaz de matar por tener. Estos tipos de envidiosos abundan en las empresas y oficinas públicas.

La lujuria. Es un vicio polémico. Es el apetito desordenado por tener sexo. Pero gracias a ella venimos todos al mundo. Algunos por amor, otros por accidente lujurioso. Es la actitud egoísta de tener sexo por placer y no por amor. Desde el punto de vista religioso, el sexo es un regalo de Dios destinado exclusivamente para que las personas casadas disfruten, procreen. Sin embargo, la lujuria ha ampliado sus horizontes: según una encuesta, los hombres tenemos al menos 20 pensamientos lujuriosos diarios. Algo que es suficiente para que ardamos en el infierno.

Y usted, querido lector, ¿cuáles pecados capitales lo seducen? No me lo diga. Vaya al espejo y lo descubrirá.

 

felixnavarrete_23@yahoo.com