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Vivimos en una sociedad materializada; sociedad que solamente piensa en el “egocentrismo”. Buscamos placer por placer. Manifestaciones que nos llevan a una triste realidad y nos encierran en nosotros mismos.

En nuestros días, la problemática sigue siendo la misma: Corrupción, ambición de poder, daños al medio ambiente, hambre, falta de trabajo, malas políticas, se violan secretos, se habla de mafia, se manejan personas inocentes como muñecos útiles comprando sus conciencias. La corrupción se filtra en todas partes en organismos en pequeños y grandes comerciantes, en distintas tonalidades y distintas situaciones.

Ni el placer, ni el dinero, son capaces de hacer feliz una conciencia intranquila. Pueden existir personas llenas de cosas materiales, pero carecen de fe, carecen de razones para vivir. Sin ilusiones y sin esperanzas, no se puede ser feliz.

La psicología ha avanzado mucho en estos años. Depresión, tristeza, ansiedad, son otras tantas enfermedades que traen acongojado al ser humano. El pecado es uno de esas enfermedades morales que encierra en su profundidad, un problema psicológico, del alma y cuerpo.

Cotidianamente hablamos de dos palabras: dignidad humana. Protestamos si nos vemos discriminados por el color de piel, la nacionalidad, la pobreza o el sexo. Pensamos que nuestra dignidad ha sido ofendida.

En nuestro país, hombres y mujeres se organizan en defensa de sus derechos: movimientos feministas, adulto mayor, y de jóvenes. Todos exigimos que se respete la dignidad de cada ciudadano, que se reconozcan nuestros valores como personas.

Hay serios problemas de relaciones humanas: este problema se llama “competencia”. Todos andamos tras una meta: el ser felices, pero no lo hacemos en colaboración, sino en oposición. Vemos a los demás no como parte de nuestra dicha, sino como un obstáculo.

El espíritu de competencia penetra todos los espacios de la vida: negocios, deporte, política, familia. El que me vende una mercancía trata de sacarme ventaja; el que me da trabajo me paga lo menos posible, y yo quiero ganar lo más posible; el rico mantiene su pie sobre la cabeza del débil para sentirse fuerte. Fácilmente vemos el derecho de los demás una amenaza a nuestra felicidad, y habitamos bajo un ambiente de oposición.

Los que tienen suerte no quieren que los demás la tengan; los que se sienten en condición de inferioridad tienen envidia de los que tienen más. Todos nosotros podemos vivir también este problema: o nos sentimos satisfechos, o nos sentimos amargados, porque otros tienen más.

Dentro de la sociedad en que vivimos, los cristianos tienen la misión de orientar a los demás y ser ejemplos. No solos los que están en puestos políticos y los que predican en las iglesias. Todos tenemos un papel de liderazgo en el ambiente pequeño o grande en el que están: el profesor en su clase, el médico entre sus pacientes, el obrero entre sus compañeros de trabajo, el padre y la madre en el hogar.

Es triste la situación de quienes se contentan con sobrevivir: trabajan, pagan la renta, comen y se compran sus lujos. No pueden dar algo de sí mismo a los demás. Necesitamos muchas veces sacrificar nuestro tiempo de descanso, para visitar a un enfermo en el hospital o ayudar a un necesitado: eso es ser cristiano.

El tiempo es corto. La apariencia de este mundo pasa. Necesitamos sacrificar energía y tiempo para trabajar por hacer una sociedad mejor y ser líderes en nuestra sociedad.