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A mediados de 1954 terminó de encuadernarse en los Talleres Gráficos de La Nación Ilustre familia, de Salomón De la Selva, hasta entonces el logro tipográfico de mayor calidad en América Latina. El maestro Francisco Rodríguez de León, director de la Escuela de las Artes del Libro, dirigió la obra, bajo la coordinación general de Marco Antonio Millán. Las ilustraciones —grabados en acero, en blanco y negro, en dos colores, y a todo color en otros casos— fueron del artista español Francisco Moreno Capdevilla y su impresión estuvo bajo la vigilancia y cuidado de Efrén Hernández.

Tres tirajes se hicieron: uno especial de 200 ejemplares —numerados y firmados por el autor para obsequio— en papel Falcón de 90 kilogramos; otro de lujo de 1000 ejemplares en papel Escudo Antique de 80 kilogramos; y la estándar de 2000 ejemplares en papel Malinche de 76 kilogramos. Solo esta carece de la errata del colofón: “El adorno de la pasta representa a Agnés Sorel, a quien Cluet pintó de Virgen María, presentada aquí como Helena de Troya”. La errata consiste en que en lugar de “Cluet” debe decir Fouquet.

El 23 de julio Agustín Yáñez, novelista y gobernador del estado de Jalisco, le acusa recibo de un ejemplar especial: esplendoroso-regalo-principesco —lo califica—, cuya sola presencia anuncia lo que es: Biblia de sensibilidad e inteligencia, de amores e informaciones caudalosamente decantados en años de años, y luego sublimados por la temperatura de altísima poesía, que sabe mantener sobre la selva el tono más riguroso. En una página de los “Agradecimientos”, el autor de Ilustre familia confesaba:

“Libresca a más no poder, esta novela — ¿será novela?— es el resultado de infinidad de lecturas. A nadie como a mí se le podría aplicar aquel latinajo de doctus cum libro. Nada hay aquí que no se halle —disperso, eso sí— en no sabría decir cuántos centenares de obras de la Antigüedad, de la Edad Media, del Renacimiento, de la Edad Moderna. Larga labor produjo esta, moviéndome, en primer lugar, la curiosidad insaciable de saber cómo sería la filiación de los dioses paganos…”

Poema de los siete Tratados y Novela de Dioses y Héroes, denominó Salomón Ilustre familia que, en su heterogeneidad discursiva, responde a esos subtítulos, a elementos épicos y trágicos; y es, además, comedia humana más que divina y se lee y relee suelta, entretenidamente. Pero, remontada a la asimilación del mundo clásico que De la Selva había emprendido durante sus formativos años leoneses, Ilustre familia no alude directamente al mundo moderno, sino al más remoto de la cultura de occidente. Se concentra en los antepasados de Helena y las deidades griegas —en particular Venus, que luego aparece como alter ego de Helena—, según el primero de sus siete capítulos o libros. En el último recrea la guerra de Troya, para culminar con la tragedia de Helena: la incapacidad de amar de la más bellas de las mujeres, quien logra reconocer el amor en el trance de la muerte, otorgándosele la gracia de poseerla a Aquiles, para la eternidad. Un poema en ceñidas estrofas de tres versos de seis sílabas cierra esta hazaña verbal, armónica reconstrucción mitológica y sabia, oportuna acumulación de conocimientos, integrada en un todo unitario.

He ahí esta joya bibliográfica y obra de madurez gloriosa, que solo pudieron escribir tres o cuatro grandes humanistas de nuestra América, pero continúa siendo desconocida, pese a dos reediciones: una facsimilar en 1998 y otra en 2007, ambas realizadas en Nicaragua.

 

 

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