•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Esta es una de las escasas ocasiones en las que los lectores de El Nuevo Diario han podido leer la palabra "suicidio" en el título de una pieza. La recomendación de no informar sobre suicidios ha ocupado amplios capítulos en los libros de estilo de los medios de información de todo el mundo durante décadas. Se convirtió en una de las reglas de obligado cumplimiento para los redactores de noticias, que pasaban de puntillas por el suceso utilizando el circunloquio de la «muerte producida en extrañas circunstancias», que las audiencias de periódicos, revistas, radios y televisiones aprendieron a interpretar leyendo entre líneas.

Fueron los profesionales de la psicología quienes introdujeron esa norma en las redacciones, alertando de que el hecho de informar de situaciones en las que alguna persona se quitaba la vida, favorecía que otras –a las que la destructiva idea les rondaba la cabeza– siguieran sus pasos hacia un acto inútil. El suicidio induce al suicidio, venían a decir.

Pero la psicología evoluciona y también el periodismo. Y ahora son los mismos psicólogos los que animan a los periodistas a cumplir con su vocación y su obligación de informar, pero con una serie de recomendaciones para que, de nuevo, la información responsable tenga como consecuencia directa un beneficio social. En este caso y según las investigaciones que se vienen realizando a lo largo de los últimos quince años, especialmente en el Reino Unido, donde se quitan la vida más de seis mil personas al año, las crónicas sobre suicidios que cumplen una serie de recomendaciones no solo no inducen a otras personas a que cometan el mismo acto, sino que contribuye a que tomen la sabia decisión de acudir a pedir ayuda.

La regla de oro de la información sobre suicidios es la de no contar detalles sobre el procedimiento empleado, ni hacer valoraciones sobre la eficacia del método escogido. Es decir, el informador no debe recurrir a detalles sobre el tipo de cuerda utilizado en un ahorcamiento, o del  tipo de droga que ingirió el suicida. También se recomienda evitar referencias a suicidios románticos, épicos o bohemios o a grupos que hacen apología del acto de quitarse la vida. En cambio, los profesionales de la salud mental piden que se incluyan en las crónicas referencias a instituciones de ayuda a personas en situación de riesgo. Además, se subraya la importancia de evitar todo tipo de sensacionalismos en imágenes y titulares, y no simplificar el acto especulando sobre la causa de la inducción de la propia muerte, puesto que la fatal decisión siempre es el cúmulo de una serie de complejas circunstancias sobrevenidas durante mucho tiempo.

En la medida en la que el lenguaje es nuestra principal herramienta de trabajo, los periodistas tenemos la responsabilidad de utilizarla con sensatez, y en el caso del suicidio, por ejemplo, no debemos hablar de intentos fallidos o exitosos, ni de víctimas, ni de epidemias. Tampoco de propensión al suicidio, puesto que la ilógica decisión de quitarse la vida no puede estar asociada a ninguna característica de la persona, de los grupos a los que pertenece, de la situación por la que atraviesa o del lugar en el que vive, sino a una trágica coincidencia de factores que aniquilan la razón de quien decide dejar de vivir por voluntad propia. La misión del informador, en ese sentido, es la de dejarse aconsejar por la prudencia y adquirir la conciencia de que la precisión de las palabras puede ser determinante para que, quien las lea, tome la decisión de ponerse en manos de alguien que pueda ayudarle a descartar la más absurda de las ideas.

Ojalá que esta columna esté contribuyendo a salvar vidas.