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Hablar de las relaciones entre costarricenses y nicaragüenses es hablar de hermanos que comparten un mismo territorio, una historia paralela y un destino que se entrelaza. Relación que algunos tratan de ignorar o simplemente desconocer sin comprender que es una realidad de la cual no podemos huir u obviar, y que más bien, en los últimos años, se ha incrementado.

Es innegable el beneficio que ambos pueblos han obtenido como resultado de una importantísima cooperación que se ha dado en dos vías: Costa Rica no podría mantener su economía sin la ayuda de miles de hombres y mujeres nicaragüenses que trabajan en las más diversas labores, oficios y actividades productivas. De igual manera, el flujo de millones de dólares que ingresan a Nicaragua producto del esfuerzo de sus hijos, ha sido de vital importancia para miles de familias nicaragüenses.

Esta beneficiosa relación se ha visto enturbiada en el pasado reciente.

El tema limítrofe, que ha tenido como escenario la isla Calero, nos ha enfrentado y ante la falta de diálogo y comunicación, entre las autoridades, ambos países han procedido a llevar sus respectivos casos ante la Corte Internacional de la Haya.

El distanciamiento que ha provocado este hecho es preocupante, porque las relaciones entre dos pueblos han quedado circunscritas a un litigio, olvidando que existen otros temas que nos unen y demandan la atención de los gobiernos.

Los gobiernos deberían dejar de ver el árbol, por más frondoso que este sea, y comenzar a ver el bosque, pues el futuro de ambas naciones depende, en mucho, de la cooperación mutua. La región centroamericana está atravesando por un momento de crecimiento y oportunidad que no debemos desaprovechar, y solo unidos podremos enfrentar el reto de entrar al primer mundo.

No podemos desconocer que existen demandas en la Corte Internacional, pero sí podemos dejar que estas sean resueltas por dicha instancia, comprometernos a acatar el fallo y con ello dar por terminada la disputa.

Hay temas tan relevantes como la negociación de las garantías ambientales que Costa Rica solicita ante la construcción de un nuevo canal interoceánico. Dicho canal puede y debe ser visto como una oportunidad también para nuestro país, pero esto solo podrá ocurrir si restablecemos un diálogo respetuoso y constructivo que nos permita llegar a acuerdos con los nicaragüenses, con el afán de que todos ganemos.

Los ministerios de relaciones exteriores tienen la capacidad de reiniciar conversaciones, en el marco de una diplomacia proactiva que tenga como propósito terminar con los altercados y las diferencias que en última instancia no solo perjudican a los gobiernos sino a los trabajadores, a las empresas, a los ciudadanos y a nuestras economías.

Nicaragua y Costa Rica necesitan retomar el camino que jamás debimos abandonar, conscientes que la vida nos unió y que al igual que el río que nos une, fluye hacia un mar común; el destino de nuestros hijos está entrelazado hasta el fin de los tiempos. Hay mucho en común, más de lo que nos imaginamos, y mucho más de lo que queremos reconocer; tenemos tanto que compartir, conocimientos que comunicar, riqueza que generar, solidaridad para distribuir y paz que construir; por eso no hay tiempo que perder.

Nada puede justificar la falta de voluntad para que juntos –nicaragüenses y costarricenses– construyamos un mejor futuro, más próspero, justo y solidario para nuestras naciones.

 

(El autor fue presidente de Costa Rica de 1990 a 1994. Con la colaboración de Alberto Cabezas Villalobos, Fundación Déjame Vivir en Paz).