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La celeridad insólita y la certeza incomprensible con que se dieron los primeros pasos relacionados con la construcción de un canal interoceánico en Nicaragua, solo pueden tener una explicación: todo estaba amarrado de antemano, en secreto, y con un inversionista fuera de serie, con una capacidad y solvencia excepcional, como es China Continental.

La comisión nicaragüense de funcionarios gubernamentales y de empresarios privados que fue con alegría a Beijing a visitar a Wang Jing --la feliz cara pública del concesionario--, tuvo entonces las primeras inequívocas señales, al darse cuenta --o confirmar-- de las estrechas relaciones de este con poderosos líderes del Partido Comunista, del Ejército y de los gobiernos central y algunos municipales o regionales, de China Continental.

Indicios rotundos acerca de que China Continental está detrás de todo, los dio el propio Wang Jing en las últimas horas, cuando declaró sin rodeos que sus inversionistas son gigantescas empresas estatales chinas de la construcción, energía y transporte. En contraste, no ha podido presentar a ningún socio capitalista como un organismo financiero internacional mundial o regional, empresas o consorcios privados estadounidenses, europeos, de otros países asiáticos o integrantes del BRIC, ni nada parecido.

Esto lo explica todo, todo lo actuado con una vertiginosidad como si tuvieran en la mano el monto colosal de dinero requerido, es decir, 40 o 50 mil millones de dólares, una cifra astronómica que hasta es difícil dimensionarla. Esto explica la urgencia en aprobar la inicua ley canalera, y su contenido antinacional a favor del concesionario, en definir una ruta cuanto antes y en iniciar a la brevedad la construcción de lo que sería la obra más grande del mundo en su momento. Todo con una urgencia pasmosa.

Hay diversos puntos de vista sobre la rentabilidad de un canal para barcos mayores a los que pasan por Panamá, por los pocos súper navíos de este tipo que existen, pero eso no importa, porque nada importa más allá del interés geoestratégico de China Continental de controlar una de las rutas comerciales marítimas más importantes del mundo, cuyo epicentro sería un área de tradicional influencia de los Estados Unidos.

Oficialmente hasta hoy, ni los chinos continentales han dado la cara, ni los Estados Unidos han cuestionado algo sobre el Canal, lo que no significa que no haya forcejeos tras bastidores, ni que no se vaya a producir en el corto plazo un diferendo chino-norteamericano de trascendencia mundial, por esta vía interoceánica a través de Nicaragua. Hay quienes hasta sostienen que Washington tiene poder de veto. Ojalá se complementen los intereses de todas las partes, y se concrete esta obra excepcional.

Ocultar al verdadero concesionario del Canal para postergar cualquier reacción norteamericana, y llevar este asunto hasta un punto en que el proyecto pueda considerarse como un hecho consumado cuya realización no se podría impedir, pareciera ser la principal razón de que hasta ahora, en vez de transparencia, prive el secretismo. Por otro lado, hay mucha incertidumbre, sobre todo entre los propietarios de tierras y activos por donde pasará la gigantesca obra. De boca se ofrece pagar bien, pero de manera absurda e injusta la ley establece que será a precio catastral.

Esta es una de esas situaciones en que es adecuado decir: “Cuando el río suena, piedras trae”.

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