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El presidente de Francia, François Hollande, concedió una entrevista al diario Le Monde. En ella responde a varios temas espinosos de su gestión en el Elíseo. Pero me llamó mucho la atención su determinación para luchar contra el Estado (o Califato) Islámico.

En suma, Hollande, dijo: “No se puede mantener el debate tradicional de intervenir o no. Debemos considerar una estrategia global”. Igualmente, anunció una conferencia internacional para la seguridad de Iraq y la lucha contra el Estado Islámico, según citó el diario, el miércoles 20 de agosto.

¿Una postura así pondría a muchos países islámicos más en contra de Occidente, al que consideran “intolerante”con el mundo musulmán?

Cuando veo al presidente francés involucrarse en causas inextricables y embarazosas como las de Iraq o Siria, es seguro que lo hace más por un interés global y no para echar cortinas de humo que cubran sus problemas domésticos. Además, el líder galo ya registra dos intervenciones: en Mali y en la República Centroafricana.

Sin dudas, la política de París responde a los informes de agentes diplomáticos y de inteligencia franceses, que están preocupados por el avance impetuoso de guerrilleros antioccidentales, que quieren construir un Estado religioso y hostil.

¿O tampoco Francia se quiere rezagar en el reposicionamiento internacional y así estaría demostrando su poder e influencia globales?

Sabemos que el Estado Islámico está tratando de establecerse por la fuerza en Iraq y en Siria. Tiene armas, dinero, seguidores. Tiene ambiciones territoriales expansivas; y quiere hacerles la guerra a los infieles de Occidente.

En parte, Bashar Al-Asad, en Siria, no ha caído gracias al apoyo del Estado Islámico.

¿Acaso los occidentales deberíamos aceptar esto como una alternativa nacionalista o, simplemente, como un Estado religioso?

Desafortunadamente, las acciones de Benjamín Netanyahu en Gaza profundizan mucho más las enconadas divisiones entre musulmanes y occidentales. Además que el líder judío incitó a una generación de palestinos a vengar los ataques a su población civil.

Asimismo, la posición del presidente francés revela una postura firme de Occidente para impedir que militantes del Estado Islámico impongan un régimen opresivo de las libertades básicas a los ciudadanos de sus territorios conquistados. Pero, ¿por qué amenazan a minorías que no tienen parte en la guerra como los cristianos o yazidistas (etnia sincrética zoroastrista)?

¿Ya comenzó la guerra “entre las civilizaciones” que preconizara Samuel Huntington, hace dos décadas?

El avance impetuoso de los militantes del Estado Islámico, a todas luces, ha puesto en remojo las barbas de los líderes de las potencias occidentales. No es para menos. Costó demasiado arrebatarle Iraq a Saddam Hussein, como para perderla después de unos años.

Estratégicamente, ¿cuál sería el precio a pagar si hubiera que enfrentarse —ya no a grupos terroristas— sino a algo peor: Estados terroristas, sabiendo que Irán mismo no apoya tal causa, y más bien coincide con Estados Unidos en frenar al Estado Islámico? ¿O esta actitud iraní, es solo un ardid para hacerle creer a Occidente que están cambiando y que Estados Unidos y la Unión Europea les vean sin desconfianza?

¿Estarían dispuestas las grandes potencias asiáticas —China o la Rusia bicontinental— a sacrificarse por sus aliados enviando soldados a morir a otros países? A Moscú le interesa Ucrania por su proximidad, por sus riquezas y por su ubicación estratégica. Y si por Siria ha faenado, no creo que sucumba por ella.

Solo Occidente sacrifica a sus hijos por los ideales que preconiza o cree que tienen validez moral (¡Habrá quiénes dirán que se arriesgan porque las intervenciones son mecanismos para agenciarse riquezas y petróleo!).

Pero hay otras variables determinantes. No creo que las nuevas potencias estén dispuestas a enfrascarse en largas y en costosas guerras.

¿Acaso no han incidido los conflictos del Medio Oriente en la agudización de las crisis económicas del mundo actual?

En la actualidad, cada vez más los conflictos se extienden y empeoran. Sería preocupante ver que estos nos lleven a reeditar las viejas cruzadas cristianas en el Medio Oriente.

Estas duraron entre 1095-1291. Hubo 7 u 8 guerras iniciadas por Occidente. En ellas participaron reyes, príncipes, papas. Todo motivado para proteger, del saqueo sarraceno, los lugares santos de un Dios que no atesora posesiones materiales.

Desde hace ocho siglos esa brecha entre Oriente y Occidente sigue abierta. Es una herida profunda, supurante.

Con la postura francesa, ¿François Hollande hace suya la lucha de Voltaire (1694-1778) contra la intolerancia; y quien también creyere que “es posible saber que hay males de suficiente magnitud que pueden afectar la comprensión de nuestra posición en el mundo?”.

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