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¿Es usted feliz en el amor? Tal vez nunca se lo ha preguntado, porque no se ha detenido a pensar en ese tipo de banalidades y prefiere que los ruidos de la cotidianidad y los aspavientos del mundo sepulten los sinsabores y entretelones de su vida. No importa. Tarde o temprano, aunque no lo quiera, tendrá que contestarse esta pregunta frente al espejo.

Sé que el tema es espinoso y controversial. Y que también es un asunto privado que pocas personas abordan en la intimidad. La infelicidad es tan común en estos días que, pese a que los sicólogos han publicado decenas de libros sobre la naturaleza compleja de las relaciones conyugales, los seres humanos continuamos viviendo amores enfermizos.

Y es que, según los estudiosos en la materia, existen los amores tóxicos. Vaya palabrita que los sicólogos han puesto de moda. Amores que comienzan como cuentos de hadas y terminan como películas de terror. Néctares de dioses que se convierten en brebajes de cicuta. ¿Cuántos matrimonios viven actualmente ese tipo de amores? Sin lugar a dudas, muchos. Los miramos a diario luciendo sus mejores sonrisas para las amistades, simulando que todo marcha bien, aunque sabemos que viven un matrimonio de fachada.

De las cosas del amor no sé casi nada, pero por lo que he leído y vivido puedo asegurarles que es complicado y azaroso. Es una ruleta rusa. Uno nunca sabe lo que le puede tocar. Te toca el cielo o el infierno. Nos enamoramos de la persona, no de su corazón. Todos tenemos insondables secretos. Es una cuestión de suerte y de sexto sentido. Un día nos enamoramos locamente de alguien, nuestros sentidos se intoxican de pasión y cuando el encanto pasa, como la niebla, comienza nuestra verdadera película.

Meses o años después, cuando ya los besos no saben a fresa, la pareja comienza a abrir el juego. A sacar sus cartas. A jugar en el póker de la vida. A mostrar sus garras. Ahí comienzan las sorpresas: la conducta humana es una caja de Pandora. Detrás de la belleza o la atracción, se esconden nuestras miserias espirituales: el egoísmo, la envidia, la manipulación, la violencia, el maltrato físico y sicológico, el engaño y la venganza. Si la pareja no logra anteponer el amor a todas estas pasiones humanas, su relación es tóxica, venenosa y suicida.

Conozco muchos matrimonios que fracasaron por no conocer el amor verdadero. También sé de muchas parejas que, aferrándose a Dios, han recomenzado sus vidas. ¿Cuál fue el secreto? Sencillo: sacaron sus pecados del armario y se humillaron. Reconocieron que el amor conyugal también necesita de la presencia de Dios para ser perfecto.

Me gusta, por eso, la definición de amor que escribe San Pablo en su carta a los Corintios: “El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo soporta”.

Pero, ¿qué tipo de amor es este? Es un amor que se ve reflejado en el otro, que comparte sus sueños, sus proyectos, sus tristezas, y si fuera posible, sus enfermedades. Que cuando él está alegre, ella también lo esté. Y viceversa. Es un amor que comparte hambre, frío, pobreza y frustración. Es un amor que nunca ha existido. Es un amor eterno, de esos que solo existen en películas. Es un amor de doble vía. ¿Qué tipo de amor está viviendo usted?

Creo que si los matrimonios intentáramos practicar esta definición, habría menos divorcios y la vida conyugal dejaría de ser un teatro urbano para convertirse en un proyecto deseable. Recuerde que al final de nuestra vida, como dice San Juan de la Cruz, seremos juzgados en el amor. Y quien vive el verdadero amor, es libre.

Felixnavarrete_23@yahoo.com