Augusto Zamora R.*
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Cebollas de EE.UU., ajos de China, frijoles de Etiopía… Un país dotado de magníficas tierras, agua abundante, climas variados, debe importar de geografías lejanas, productos que puede producir.

Causa asombro que resulte más barato traer ajos de China que producirlos en Nicaragua. China y Etiopía están a 12,000 kilómetros de distancia, sin conexiones directas.

Solo el costo de combustible haría inviable la importación de productos agrícolas tan lejanos, pero no. Nuestros niveles de atraso son tales que somos incapaces de producirlos suficientemente en Nicaragua.

No solo debemos importar prácticamente todos los productos industriales, sino que, además, debemos importar productos básicos que deberíamos cultivar en abundancia.

No existe un solo caso de desarrollo que no haya pasado previamente por una revolución agropecuaria, que permita producir excedentes que lo financien.

Lo señaló Adam Smith en “La riqueza de las naciones” de 1776: “El campo debe alimentar a la ciudad”, afirmó. Es decir, el campo debe producir la riqueza que alimenten los cambios.

De la revolución industrial inglesa a la china, pasando por la industrialización de la URSS, ningún país que ha buscado el desarrollo ha podido obviar esta regla de hierro.

Los verdaderos procesos de renovación comienzan promoviendo la transformación radical de los sistemas de producción agropecuarios. Mientras no haya tales transformaciones, los países permanecen atados a estructuras arcaicas.

La revolución agropecuaria sigue siendo asignatura pendiente en Latinoamérica. Es causa principal de su atraso. Explica el fracaso de tantos planes de desarrollo.

 

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