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La investigación científica, en el ámbito educativo, tiene reservado un lugar de primer orden desde una mirada estratégica. Gracias a sus aportes, se comprende mejor la realidad educativa a la luz de resultados obtenidos, empleando métodos y técnicas científicamente aceptadas.

Pero por tratarse de procesos complejos, en los que las personas, seres individuales y sociales, son los protagonistas, no basta realizar la investigación desde un paradigma cuantitativo estadístico, sino que debe ocupar un lugar central la investigación cualitativa, sin obviar aprovechar algunos recursos cuantitativos.

Si bien es cierto, que el primer paradigma aporta resultados muy precisos cuando se utiliza para analizar procesos de la naturaleza que siempre responden a leyes naturales fijas que siempre ocurren de la misma manera, al aplicarlo al ámbito educativo y social, que obedece a procesos humanos y sociales no regidos por leyes de la naturaleza, se cometen grandes errores, limitaciones y reduccionismos, cuando simplemente aportan resultados numéricos fríos, sin posibilidad de comprender ni explicar la realidad educativa, ni capacidad para tomar en cuenta la riqueza que encierran los procesos que llevan a tales resultados.

Los países que avanzan más en su desarrollo educativo, invierten recursos cuantiosos en realizar, desde las instituciones rectoras de la educación, numerosos estudios e investigaciones, gracias a los cuales logran conocer y comprender el alcance, impacto y calidad que tiene la aplicación de sus políticas. Ello les posibilita disponer de datos de gran interés sobre la problemática y avances educativos existentes, en los que se fundamentará la realización de transformaciones o reformas educativas.

Cuando no se realizan estas investigaciones, los cambios y reformas responden a meras intuiciones, caprichos, intereses, sentimientos o hipótesis, y no a principios científicos. Por ello, se vuelven a repetir los círculos viciosos de vacíos y errores existentes, a la vez que se pierde la oportunidad de poder detectar y superar nuevos problemas que, seguramente, volverán a servir de obstáculo para que las políticas educativas avancen en sus previsiones con la calidad requerida.

Una constante reiterada en la historia del país, ha sido y sigue siendo, la toma de decisiones importantes en educación, sin mediar investigaciones previas que las fundamenten. Esto hace que los problemas crónicos se repitan cada año o período, y que la ceguera científica impida detectar la problemática y fortalezas existentes, guiándose únicamente por la intuición, el capricho, el interés o la prisa eficientista.

Esta investigación imprescindible se debería dar en dos ámbitos que se faciliten y retroalimenten entre sí. Por una parte, el ámbito externo al aparato educativo, y por otro el interno a las propias instituciones educativas. Así, el ámbito externo de especialistas podrá aportar muchas luces a partir de los resultados de sus investigaciones, siempre que las instituciones educativas faciliten la información estadística y demás documentación con información relevante. Al no darse esto último, no solo se afecta la labor de investigadores externos, sino a la educación misma y sus procesos de transformación necesarios.

Pero un ámbito no explotado, reside al interior de las propias instituciones educativas, que debieran ser las primeras investigadoras interesadas en examinar científicamente su trabajo y resultados, para mejorar y transformar gradualmente la educación. En este sentido, será importante que, al nivel central del Ministerio de Educación, del INATEC y de cualquier otra institución educativa, se prevea formar equipos de investigación científica, que desarrollen investigaciones de acuerdo a los métodos que dictan las ciencias sociales y humanas y la necesaria deontología.

Siendo así, aportarían a sus programas educativos la visión científica que merecen, para poder, así, tomar decisiones de política debidamente fundamentadas en la realidad. Se hace necesario, por tanto, compartir datos estadísticos y publicaciones emanadas de estas instituciones, así como los resultados de sus investigaciones, poniéndolas a la disposición del público y, en particular, de investigadores y académicos. En la medida que estas producciones de un lado y de otro, sean más abundantes y se logre conformar con ellas comunidades que debaten epistémicamente, más se beneficiará la educación en su despliegue y calidad.

Aún más, sería de esperar que esta dinámica científico-investigativa, no solo se instalara en los niveles centrales de la educación, sino también en las delegaciones departamentales y municipales del país, y al interior de los centros educativos. Cuando logremos instaurar esta cultura investigativa en todo el sistema educativo, las reformas, transformaciones o simples cambios, responderán, no a la inmediatez, al gusto o a intereses ajenos a la educación, sino a los principios básicos de una actuación científica.

Desde las universidades tenemos la tarea pendiente de apoyar a los subsistemas medio y técnico, para que la investigación científica se constituya en el principal recurso institucional, como el espejo en el que se logre mirar, analizar y reflexionar críticamente, para mejorar la educación a todos los niveles.