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Nada puede compararse con el intenso dolor causado por la pérdida de un familiar, de un ser amado, como está sucediendo en Bonanza, donde un verdadero martirio viven dramáticamente las familias de los siete mineros muertos en el terrible derrumbe de toneladas de piedras y lodo en los subterráneos del cerro El Comal, un comal en cuyas entrañas hierve el aire por las elevadísimas temperaturas que ahora cobijan para siempre a las víctimas, entre ellas dos jóvenes aprendices de “güiriseros” que por primera vez en su vida, entraban a una mina. Ellos no sabían que jamás serían mineros.

La tragedia ocurrida a cuatro kilómetros del histórico pueblo minero de Bonanza, en la Región Autónoma del Caribe Norte (RACN), se pudo haber evitado, pero es difícil luchar contra esa pésima consejera que es la acuciante desesperación ante la pobreza, sobre todo cuando se tiene hijos, porque con antelación toda la gente había sido advertida por la Alcaldía Municipal y por la empresa minera Hemco, de que por ningún motivo se debía trabajar en El Comal, pues había mucha inestabilidad en los subterráneos de esa mina, y en cualquier momento podría haber derrumbes. Y es lo que sucedió. Se podría pensar que la clara y oportuna advertencia evitó que la desdicha fuera mayor.

No es la peor tragedia minera ocurrida en Bonanza, porque, ¿Qué peor desastre que el vivido durante décadas de explotación inmisericorde de las compañías extractoras norteamericanas que dejaron a decenas de miles de nicaragüenses con los pulmones calcinados, y que fueron muriendo poco a poco, lentamente, agonizando en el transcurso de décadas, por las inhumanas condiciones de trabajo a que los sometieron con la complicidad de la Guardia Nacional y la dictadura somocista?

Desde hace algunos años, hay mayor cuidado, hay cierta sensibilidad, sobre todo porque los ojos escrutadores de los ambientalistas están sobre las compañías mineras, y estas han desarrollado mecanismos para coexistir con las nuevas reglas del juego que determina una sociedad con mayor conciencia ambiental y unos trabajadores y sindicatos que cada vez saben más sobre higiene y seguridad ocupacional, y acerca de sus derechos.

La actividad minera tiene un fuerte impacto ambiental, por lo que las modernas empresas mineras desarrollan actividades y acciones para mitigar sus efectos, y para compensar a las comunidades aledañas realizando aportes sociales de beneficio colectivo. Pero nunca será suficiente.

Una de las lecciones de la tragedia de El Comal, es que, independientemente de advertir del peligro a la población, especialmente a los “güiriseros”, las empresas mineras también deben de abstenerse de comprar la broza o el oro, que por su cuenta y riesgo, estos obreros extraen de sitios que previamente hubieran sido señalados como peligrosos, para desalentar este tipo de aventuras suicidas, que ahora costó siete vidas, siete impactos brutales en siete familias ahora dolorosamente amputadas, porque quedan viudas y huérfanos, y un porvenir cargado de espesos nubarrones de incertidumbre.

¡Ah!, y en las faldas de El Comal hay un pequeño poblado que también corre peligro ante el aflojamiento de los suelos debido a las lluvias. ¿Se podría prevenir un desastre mayor en este vecindario?

 

cortesdominguezguillermo@gmail.com