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Vienen las fiestas patrias y bandas musicales estudiantiles se afanan en preparar los desfiles. Durante dos días se cantará hasta el empacho el himno nacional, desconociendo las circunstancias en que dicho himno fue declarado nacional.

Transcurría 1918 y Nicaragua seguía ocupada por tropas de EE.UU. Ese año se convocó un concurso para seleccionar un nuevo himno nacional, que sustituyera el vigente durante el gobierno del derrocado presidente liberal Zelaya.

Las bases del concurso fueron dictadas por el general estadounidense que gobernaba Nicaragua. El himno no podía hacer referencia a la intervención extranjera, ni a la independencia y soberanía nacional. Tampoco podían participar partidarios del ilegalizado Partido Liberal. Más que realzar al país, debía ocultar la ocupación.

Ganó la letra insulsa de Salomón Ibarra Mayorga, a quien se le negó el premio al saberse que era liberal. La aprobación definitiva del himno tuvo que esperar hasta 1936. Firmó el decreto el dictador y asesino de Sandino, Anastasio Somoza García.

El himno que cantamos como nacional nació castrado, fue una obra de la ocupación militar extranjera y lo hizo oficial el dictador Somoza García.

Así quedó Nicaragua con un himno nacional que de nacional tiene muy poco. Al perpetuarlo como himno del país, perpetuamos en él la ocupación extranjera y hacemos reconocimiento de los traidores y serviles que apañaron ocupación y tiranía.

Eso sí. Es único en el mundo. Único que no habla de soberanía. Maravilloso himno. Deberíamos buscar uno. ¡Ay, Nicaragua, nicaragüita!

 

az.sinveniracuento@gmail.com