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En el día a día, las noticias sobre los conflictos armados apenas motivarían una conversación de camino al siguiente ‘tee’, después de haber anotado un ‘doble boogey’ en la tarjeta del campo de golf que abraza al complejo hotelero del Reino Unido, que esta semana ha acogido la cumbre de la OTAN. Ello ha supuesto que sobre las calles de la cuidada hierba se desplieguen vehículos blindados y carros de combate, o que en la rotonda de la vista sea atrapada por el fuselaje gris de un eurofighter cargado con todas sus armas, como blasón de la fuerza militar.

Pero el planeta no es un campo de dieciocho hoyos. Los océanos no son obstáculos de agua y los desiertos no son búnkers en los que quedan atrapados. Aunque la metáfora valdría para ubicar las naciones entre las que están en los suaves y apacibles ‘greens’ y entre las malezas silvestres que delimitan el bienestar de desarrollo, aquellos a los que no llega el trabajo de los jardineros.

Aunque en muchas ocasiones, parezca que los líderes políticos busquen hacer ‘hoyos en uno’ —en algún sentido, ciertamente forzado, el golf es un juego de geoestrategia—, la verdad del asunto es que lo que se decide a veinte kilómetros de Cardiff tiene mucha más trascendencia que quedar unos golpes abajo o arriba del par del campo, e incluso que llevarse una nutrida bolsa como premio. Aunque en el ámbito geopolítico, tras los conflictos armados también se escondan ambiciones de poder y de fortuna.

No dejemos de hablar de jugadas maestras, que los periódicos que llegan al Celtic Manor han recogido no en las páginas de deporte, sino en las de internacional, y que dejan algunas ideas para la reflexión: no deja de resultar sospechoso que un conflicto histórico y recurrente, como el de Israel y Palestina, haya salido justo a tiempo de la agenda de los jefes de estado y de gobierno de los países integrantes de la Alianza Atlántica. Ciertamente, el alto el fuego ha sido un excelente golpe de salida, con un ‘drive’ muy bien ejecutado.

También debe llamar nuestra atención el hecho de que la tensión en Ucrania se haya visto realimentada en los últimos días, casi seis meses después del inicio de los enfrentamientos armados en Donetsk. Visita de Obama a Estonia y compromiso de defender los estados soberanos del Báltico de la presión de Rusia.

Mientras tanto, desde el Kremlin, Putin también ejecutaba un golpe maestro para salir de la trampa de arena y aplazaba la propuesta de alto el fuego para la jornada de conclusión de la cumbre. Ganando yardas. Lento, pero seguro, estudiando pequeños gestos como el titubeante anuncio del Pentágono de enviar doscientos soldados americanos a unas maniobras en suelo ucraniano, o a realizar aproximaciones políticas aliadas a otras repúblicas exsoviéticas, como Moldavia y Georgia, a fin de garantizar su independencia. Banderas de barras y estrellas en territorios en los que en otros tiempos ondeaban la hoz y el martillo.

Tampoco deja de ser llamativo, como en los dos últimos meses se ha elevado sustancialmente el grado de preocupación por la situación en Irak. La Yihad se ha convertido en una renovada amenaza. Juega Cameron, a quien le corresponde la salida en el hoyo en su condición de anfitrión, y con un elegante pero poderoso ‘swing’ anuncia que los cazas de la Royal Air Force —todos menos el eurofighter que custodia la entrada del hotel— están dispuestos para asediar Tikrit, Mosul y otros agujeros en los que se escondan los mercenarios del Estado Islámico.

 Más para la reflexión: los esfuerzos de los departamentos de prensa de los órganos militares se centran en muchas ocasiones en tratar de evitar que determinadas informaciones de dureza explícita lleguen al conocimiento público y, sin embargo, los noticieros nos muestran ahora incluso decapitaciones de periodistas, hasta el límite que impone la ética, que es el momento preciso en el que la hoja de la daga roza la garganta del nuevo mártir. Los informadores no juegan en este campo, pero son muy apreciados como ‘caddies’ por los jugadores. Firmando crónicas, en lugar de tarjetas.

Pero si existe una relación de analogía que pudiera ser acertada entre el juego del golf y la geopolítica, no estaría basada en el juego mismo: el golf es una afición de ricos, que también lo son gracias a los negocios que han perfilado durante el juego. En ese sentido, lo que importa de la cumbre de Gales no es la brillantez de los jugadores sobre el césped, sino su habilidad para seguir manteniendo saneada y ocupada a la industria de la guerra.  Hoyo en uno. Incluso sin tocar la bola.

 

@oscargomez