Jorge Eduardo Arellano
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No hay nada más imperativo y urgente que un llamado de los líderes religiosos, tanto católicos como evangélicos, y de los personeros económicos, académicos e intelectuales a detener toda manifestación de violencia política y a exigirle al presidente de la República que salga de su ostracismo y convoque al cese inmediato de los actos violentos de sus partidarios.

¿Qué clase de mandatario es aquel que desde hace una semana guarda silencio mientras se incendia el país? O llama a la paz o está contra ella. Y ante su silencio los nicaragüenses no debemos callar ni dejar que nos venza el miedo. Por el contrario necesitamos movilizarnos en todas las formas a nuestro alcance para calmar los ánimos encendidos, comparecer en radio y televisión, escribir, opinar, hacer cabildeo y movernos en nuestros barrios y comunidades a convencer a todo el mundo de la urgencia de conseguir un alto a los enfrentamientos.

Si nos sentamos a esperar el próximo capítulo de esta locura, veremos como escala el número de víctimas hasta que contemos por decenas o centenas los muertos antes de que el gobierno y la oposición se sienten a dialogar y en el peor de los casos a negociar entre bambalinas como lo han hecho antes, mientras la población atiende sus heridos o entierra sus cadáveres.

Unos 80 integrantes del movimiento Jóvenes por la Paz, que han dejado las pandillas en 36 barrios de la capital, apoyados por el Centro de Prevención de la Violencia, dieron el ejemplo la semana pasada al reunirse para denunciar que gente de ambos partidos llegan a sus barrios a ofrecerles dinero para que se sumen a sus grupos con machetes, pistolas o morteros, manipulación a la cual no quieren de ningún modo prestarse.

Ellos elaboraron un comunicado en el cual demandan su derecho a pensar y decidir por sí mismos y exigen a los políticos dar un ejemplo con su actuación en vez de empujarlos a la violencia. Con gran madurez invitan a los hombres a despojarse de los comportamientos machistas y exigen una resolución pacífica de los conflictos, el respeto a la libertad de expresión y a la opción política de cada persona.

Lo peor que nos puede pasar es que nos sentemos a contemplar con indiferencia cómo se atacan los jóvenes y los hombres y mujeres humildes de nuestro pueblo como consecuencia del descontento producido por las denuncias de fraude electoral, sin que los responsables de esta barbaridad sufran un rasguño. Lo peor es que haya gente que piense, como le decían en su pueblo a un compañero de labores, que hay que “dejarlos que se maten”.

Lo peor es aceptar pasivamente que la clase política continúe explotando la ignorancia o ingenuidad de la gente para favorecer sus intereses y sigan justificando su posición de echar a pelear a la gente para ganarle a los otros “por las buenas o las malas”.

Creo que nadie honesto o medianamente enterado de lo que pasó en las elecciones municipales pone en duda las anomalías, atropellos y situaciones vergonzosas que se presentaron, pero es completamente equivocado pensar que por medios violentos se resolverá esta situación o que con marchas en las calles, confrontadas por los grupos afines al gobierno, vamos a lograr el más pequeño avance.

Un escenario peligroso es el de la indiferencia cívica, pero el de los choques armados es aún peor. Las acciones que decidamos deben ser adecuadas, cuidadosas e inteligentes. Ya se encontrará la mejor forma de detener los abusos y arbitrariedades que se cometieron en las elecciones, pero ante todo debemos descartar definitiva y claramente, cualquier acto de violencia ciudadana.

No debemos caer nunca más en la provocación, sino trabajar incansablemente por la paz y la unidad. Y para lograrla necesitamos dar el mayor ejemplo de sensatez y cordura. Creo que nuestro pueblo ha demostrado desde hace tiempo tener una madurez y sentido de responsabilidad que está a años luz del que muestra nuestra clase política, y ha llegado el momento de brindarle el protagonismo realmente a los pobres, a los desposeídos, a los jóvenes, a todos aquellos que históricamente han puesto los muertos en las guerras civiles y en las luchas políticas en Nicaragua.

Es la unidad del pueblo la que debemos buscar más allá de los partidos, son los ignorados y utilizados de siempre los que deben tener ahora la palabra.