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El perdón es la renuncia a la indignación y los resentimientos que causan una ofensa o agresión. Nace del ofendido, pues solo el ofendido puede liberarse de los sentimientos que tenga contra el ofensor. No se puede obligar a perdonar, pues el perdón intenta sanar una herida abierta y liberar de un resentimiento, y eso no puede lograrse si no es libremente. El perdón depende de la libertad, la caridad y la misericordia del ofendido.

El perdón es una liberación. “Perdón” viene del latín “per donare”, que significa  “dar por” o “dar para” o “dejar ir”. Cuando ejercemos el perdón “soltamos” a quien nos ha ofendido o nos ha hecho un mal. En griego se entiende mejor, pues, “afesis”, palabra para perdón, significa “liberación”. Al mismo tiempo que liberamos de su culpa a quien nos ofendió, también nos liberamos nosotros de nuestras indignación y resentimiento, pues ambos son sentimientos que tarde o temprano terminan por causarnos mucho daño, a veces más que la ofensa o la agresión misma.

Igual que con el tema del amor, Jesucristo es quien ha abordado el perdón con mayor énfasis, amplitud e intensidad. Los cristianos creemos que Él murió y resucitó para que nuestros pecados fueran perdonados y así obtener para nosotros la resurrección y la vida eterna en el Reino de Dios. Pero Jesucristo enseña que si nosotros no perdonamos a nuestros ofensores no podemos aspirar a ser perdonados por nuestras ofensas a Dios, por eso nos manda perdonar “hasta setenta veces siete”, que significa “siempre”. Más aún, manda “amar a los enemigos” y “hacer el bien a quien nos haga el mal”, lo que implica tener una capacidad muy grande para perdonar; pero eso --aunque resulte difícil-- es condición indispensable para ser cristiano y obtener la salvación.

Hay casos en que quien ofende se arrepiente y pide perdón (no necesariamente usando tal palabra, quizá con otras palabras, gestos, acciones, etc.) Entonces es evidente nuestra obligación de perdonar. Otras veces el ofensor no se arrepiente, y hasta pudiera asumir una actitud hostil. En esos casos también hay que perdonar en nuestro corazón, aunque fuese solo para obtener la salud de nuestra mente, la paz y el bienestar general, sin dañarnos a nosotros mismos. En otras ocasiones especiales perdonar no significa que dejemos de reclamar justicia sobre el que nos ha agredido. Nos hemos liberado de la ira y del resentimiento, pero no de la justicia. Hay ciertos casos --no todos-- en los que, ante daños graves y públicos, abandonar la justicia sería un gran mal para el agresor o para la sociedad, pues la justicia acerca al ofensor a una corrección y la sociedad demanda un castigo que sirva de ejemplo.

Cuando perdonamos olvidamos la ofensa. La frase “perdono pero no olvido” implica un perdón falso, que guarda cierta dosis de resentimiento. Diferente es la prudencia de entender que una persona que hizo algo malo y dañino una vez, puede repetirlo, y que debemos actuar con cuidado. Y otra es guardar en el fondo del corazón algo contra esa misma persona. Mucho menos debemos alegrarnos de algún mal o infortunio que le pase, aunque no se lo hubiéramos deseado. El perdón debe ser absolutamente sincero, total, para ser auténtico, es decir que debe llevarnos a una reconciliación completa (situación que puede no darse si el ofensor no estuviera arrepentido, en cuyo caso ya no es responsabilidad nuestra y no debería turbar nuestra paz).

Si todos nos esforzáramos por practicar el valor positivo del perdón, nuestro mundo sería más pacífico y armonioso, y nuestras familias más felices.