•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Este 18 de septiembre, la población adulta escocesa participará en un referendo nacional. El objetivo es decidir si quieren o no ser una nación independiente y soberana. Han estado adscritos a la jefatura del Reino Unido y la Corona británica desde 1707. Por tanto, Isabel II es su jefa de Estado. Pero, esto podría cambiar. Y es posible que Escocia se torne una nueva república.

Implicaría que sean los propios escoceses quienes escojan a sus autoridades, creen su propia moneda, manejen su economía y tengan relaciones diplomáticas con otros países.

El asunto es un acto de voluntad popular. Pero, visto desde otro ángulo, este intento podría debilitar a todo el Reino Unido (al que están adscritas Inglaterra, Gales, Irlanda del Norte y, mientras tanto, Escocia).

El desenlace, si es positivo, tendría enorme impacto y consecuencias determinantes, de ahora en adelante, en el ánimo y resolución de minorías dispersas que buscan tener su propia independencia.

Gran Bretaña ha sido, tradicionalmente, pionera de nuevas rutas cuando se trata de democracia, derechos humanos o el amplio uso de las libertades para todos los ciudadanos.

Sin embargo, esta demarcación de tendencias es una espada de doble filo para el Gobierno londinense.

Romper el lazo con la monarquía es una preocupación para los creyentes de que la misma salva a los Estados cuando hay conflictos graves en el Gobierno, el Parlamento; o haya peligros de división social.

Hay quienes piensan que la monarquía es una pérdida de dinero, al mantener los lujos de una nobleza que se siente de sangre azul y cree que debe gobernar y representar al pueblo.

Sea lo que fuere, las monarquías modernas han encajado bien con todo el andamiaje democrático. Han sabido adaptarse para sobrevivir, por conveniencia o madurez.

¿Significaría ello también el comienzo del resquebrajamiento de toda Europa, ya bastante parcelada, con posibilidades de engrandecerse y solidificarse solo a través de la Unión Europea?

Lo detonante del ejercicio escocés, es que otros Estados europeos puedan seguir esa ruta: España (con Cataluña, Galicia, el País Vasco); Bélgica (con Valonia o Flandes).

Crimea es un ejemplo controversial: atrapada entre el nacionalismo o el anexionismo a Rusia.

Sin dudas, en Asia y África, la repercusión sería más fagmentante, devastadora. ¡Sería un desbarajuste! ¿Surgirían en África, Estados-Etnias?

También sería una esperanza para minorías kurdas, uigures, tamiles: segregadas injustamente en Turquía y Siria; China; India y Sri Lanka.

Solo la noble --y tantas veces cuestionada-- democracia, permite estos actos de máxima libertad y civilización. Jamás veríamos cosas así suceder en países dictatoriales.

Para Londres implicaría un golpe fuerte a la grandeza de su imperio. ¿Algún día parecerán las monarquías viejas y lóbregas abadías?, ¿tendría efecto dominó sobre Mónaco y Andorra?

Aunque Escocia puede elegir ser un dominio de la Corona británica, como Canadá o Australia, es más probable que se vuelva otro Estado republicano.

También es un duro golpe a la cultura británica que siempre se ha jactado de mantener cohesionados a ingleses, galeses, nor-irlandeses y escoceses. Todos bajo un mismo techo con una divisa común: la cultura anglo-sajona, pragmática, libertaria, tolerante; y reflejada en la sana convivencia de las instituciones políticas integradas por la nobleza, la clase media y los commoners de la Cámara Baja del Parlamento.

Si la cultura artística, culinaria y literaria es la mayor divisa de los franceses; el concepto y desarrollo de la libertad sea, posiblemente, la de los ingleses. Se enorgullecen de sus filósofos --Hobbes, Locke, Mill, Hume (este último escocés)-- que teorizaron sobre los ventajosos mecanismos de la democracia y la libertad. Ello se ha convertido, modernamente, en aspiración y meta de gran parte de la humanidad.

Si los escoceses deciden separarse, seguramente, no habrá tropas de Londres impidiendo la voluntad popular. Ni turbas en las calles de Glasgow, Aberdeen, Edimburgo, apedreando a los que votaron por el sí. Tampoco habrá interventores estatales, ocultando los votos que han depositado los ciudadanos libres de Escocia.

¿Es la libertad un posible destructor de la noble y acogedora democracia? ¿Debería la democracia ponerle límites a la libertad, para evitar que esta destruya a quien le da albergue y la pregona como un valor social coadyuvante para la justicia?

Lo bueno de este ejercicio democrático: los referendos, votaciones, plebiscitos, demuestran que la voluntad popular es determinante para la democracia. Y debe respetarse.

Lo malo: cuando la libertad se ejerce sin control, se puede convertir en amenaza a la estabilidad política de cualquier sistema.

¿Cuánto cambiará el orden internacional si Escocia dice sí?