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Estos días Claudio Magrís ha sido galardonado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el certamen literario en lengua castellana más importante del mundo. Para quien no lo conozca, Magrís es un catedrático de Filología en la Universidad italiana de Trieste, famoso por sus escritos científicos y, sobre todo, por sus agudos y relevantes comentarios sobre la sociedad y sus tendencias. No tiene pelos en la lengua, no gusta contentar a los poderosos, por lo que sus ideas influyen mucho en ciertos ámbitos del pensamiento libre y plural.

Es un filólogo que dice realmente lo que piensa. No pasa de ningún tema de actualidad. Y, sobre todo, pone el dedo en la llaga. Gustaran o no sus reflexiones, pero plantea los temas con una sagaz perspectiva crítica que quien vive un poco distante de la realidad.

Es conocida su feroz crítica al liberalismo salvaje, al que identifica con el anarquismo de derechas y con el pistolero del “far west”, y le acusa de estar completamente emancipado de toda idea política y no ser más que pura voluntad de potencia liberada de toda jerarquía de valores.

Igualmente, su crítica al socialismo como sistema ideológico que pretendió la solución definitiva a los problemas del mundo, es certera. Como certera es su reflexión en materia de inmigración: “Hay que decidir entre dos valores: la diversidad de la cultura y la igualdad de los derechos para todos. Si desgraciadamente entran en conflicto, elijo los derechos. Porque esta es la base fundamental del Estado”.

Magrís también nos previene sobre el economicismo, empresarialismo, como él dice: “aziendalismo”, como dominio de la perspectiva empresarial. En efecto, ni la Universidad ni el Estado tienen como fin último “producir beneficios económicos”.

Deben funcionar económicamente, pero no es, ni mucho menos, su único objetivo. “Porque, si todo se convierte en una misma cosa, pierde su sentido. Un país debe funcionar económicamente, pero un país no es una empresa, un Estado no es una empresa. Es como un hospital; debe funcionar bien, pero tampoco es una empresa”.

Finalmente, Magrís nos advierte, con un sentido común aplastante, sobre los límites que existen en la realidad ante problemas sociales como la emigración. Así, ante afirmaciones del tenor: la solidaridad no tiene fronteras, dice Magrís que son frases muy bonitas, pero los demás se preguntan: “Y si vienen 1,000 millones de personas… Si todos los chinos quieren ir a ver el Prado, ¿qué ocurre? Es decir, demasiadas veces la democracia ha evitado hacer frente a los problemas molestos”.

Desde luego, para mucha gente, dominada por un irracional sentimentalismo, la solución es no hacer nada mientras se entonan maravillosos cantos a la fraternidad entre los hombres. Sin embargo, como reconoce Magrís, la respuesta ideológica a esta cuestión ha sido una respuesta sentimental y no política. Esperemos que la “Política” vaya ocupando el lugar que le corresponde, también en este doloroso problema.

De lo contrario, seguiremos instalados en la política, justo lo que ahora tenemos, y estaremos alimentando versiones del pasado que vuelven con remozados eslogans.

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