Jorge Eduardo Arellano
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La educación es un proceso personal, social y nacional de enormes exigencias y de enorme impacto en la vida de un país. Todo pasa por la educación. Un país es, en último término, su educación, porque es su gente en acción. De ahí su trascendencia y su permanente prioridad.

Esta trascendencia y prioridad desde cualquier perspectiva real que se le mire, adquiere en el sentir casi espontáneo de la gente una especie de dogma natural.

Ante cualquier hecho que afecta a la comunidad, desde los más cotidianos, hasta los de mayor impacto nacional, siempre se apela a la educación, bien sea como la panacea o solución de todos los males o como la responsable por la falta de educación.

Desde la basura que se acopia en las calles, hasta los enfrentamientos de carácter político tienen que ver con la falta de una educación en y para la ciudadanía. Esta percepción con sustento objetivo en la realidad tiene un valor excepcional, sobre todo, cuando se llega a sus raíces humanas y sociales más hondas.

Recientemente, por causas y efectos muy profundos, la ciudadanía ha evidenciado la necesidad de una urgente educación en y para la ciudadanía expresada en el sentido original del demos griego y del cives romano. Es cierto que se centraban en el privilegio de pocos y que el ágora o el Foro eran su escenario propio.

Actualmente el demos o el cives ha roto en teoría la red de los privilegios y exclusiones, y todos somos ciudadanos con derechos y responsabilidades compartidos.

En ocasiones, sin embargo, tenemos que señalar que legalmente somos verdaderos ciudadanos, pero que en la práctica dejamos de serlo cuando se quiebran elementales normas de conducta al convertir la ciudadanía en expresiones incivilizadas aunque estén relacionadas con derechos siempre vigentes.

Cuando en las relaciones humanas y ciudadanas el sano y necesario encuentro de la gente, de su convivencia, de su comunicación y de la amistad es suplantado por pedradas, puñetazos, patadas, agresiones, sangre y manipulación mediática, uno siente con tristeza y preocupación la cruel ausencia en nuestro país de una educación sistemática en y para la ciudadanía.

Actualmente se está generalizando por doquier la necesidad y práctica de fortalecer la ciudadanía. Específicamente, la participación y las demandas educativas son temas y preocupaciones de nuestros días, adquiriendo particular énfasis la necesidad de una educación en y para la ciudadanía, en y para el ejercicio de los derechos que incluye el propio sistema escolar, pero que lo trasciende. La educación está más allá de la escuela, aunque por su naturaleza sistemática, organizativa e intencionada la escuela constituye un espacio clave para el proceso educativo de un país. Podemos comprobar que se están generalizando iniciativas muy importantes y coherentes con la educación en y para la ciudadanía, incluso a través de ejes transversales como educación cívica, educación en valores, educación en derechos, educación en cultura de paz, educación para el ejercicio de la democracia, educación ambiental, educación en equidad de género, educación de la sexualidad, etc. etc.

En el fondo de estas iniciativas se confirma que la propia educación sistemática, básica y media es el espacio indiscutible de construcción de ciudadanía y que una sólida educación básica es la puerta de entrada a la posibilidad de una ciudadanía plena. Quizás no hemos entendido bien la capacidad que para tal fin posee nuestra educación básica. No obstante en ella, acorde con el desarrollo de la edad y de la personalidad de los estudiantes, radica las bases fundamentales de la construcción de la educación ciudadana.

Necesitamos una población informada, consciente de sus derechos y obligaciones, socialmente solidaria y sensible, políticamente activa, con conciencia a la vez local y global, que participa en la vida comunitaria, se siente co-responsable de los destinos de su país y vota de manera informada y consciente; que cuida su propia salud, la de su familia y la del medio que le rodea; que aprecia y usa de manera significativa la lectura y la escritura para informarse, conocer, comunicarse y actuar; personas seguras de sí mismas, que confían en sus propias capacidades y talentos, que saben identificar sus fortalezas y debilidades, que recurren al diálogo y son capaces de argumentar con propiedad; que piensan por sí mismas y de manera crítica; que saben enfrentar los problemas como desafíos, que están listas para seguir aprendiendo para y en el trabajo, para y en la vida.

Éste es el sentido profundo y el alcance real que tiene la Educación Básica de un país. Las transformaciones que el Mined está impulsando apuntan en esta dirección, aunque para ello tiene que enfrentarse simultáneamente a crear en mucha gente la posibilidad básica de poder ser ciudadanos debido a las condiciones de pobreza y exclusión que los mantiene todavía lejos de esa posibilidad, Nicaragua replicará la experiencia del demos griego y del cives romano, habrá ciudadanos y no ciudadanos en un mismo espacio humano.

En este contexto una educación en y para la ciudadanía incluye necesariamente quebrar las condiciones de pobreza, marginación, disparidades y exclusiones que han acompañado al crecimiento económico inequitativo tan arraigado en nuestro medio y contrario a amplios grupos de nuestra población.

*Ideuca