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Anoche me dormí pensando en la gran injusticia que cometería si la muerte me sorprendiera un día de estos sin darme la oportunidad de agradecer a las personas que han transformado mi vida en algo maravilloso.

¿Qué es la vida? No sé, no voy a invocar filosofías baratas, porque todo depende de cómo la enfrente. ¿Es un pasaje a la eternidad? ¿Es un valle de lágrimas? Lo único que puedo asegurarle es que es un boleto personal, exclusivo e intransferible hacia un destino que no puede evitar, pero sí puede corregir.

Sin embargo, al terminar el día, uno casi siempre se queja de lo malo que le fue o de lo desagradable que ha sido su vida. Pero nunca agradece los buenos momentos que ha tenido, y que debería escribir y leer en voz alta, para que no se le olviden. Aquí escribo los míos:

Quiero darle gracias a la vida por regalarme una madre que con coraje y convicción me cargó en su vientre y me trajo al mundo como testimonio de su amor. Solo la imagino frágil, menuda, a sus veintiún años, acariciando su vientre llena de felicidad por el hijo primogénito que saltaba de hambre en su vientre.

Gracias a la vida por el padre poeta y bohemio que tuve. Gracias a él conocí la poesía, me enamoré de los libros y me transformé en un poeta y periodista que aún persigue la obra perfecta. Gracias a mi padre conocí las tristezas, los sueños rotos y los amores no vividos. También conocí los demonios del alcohol. A veces, en los momentos de soledad, siento su ausencia pero ya no me preocupo por él, porque su espíritu se ha encarnado en mí.

Gracias a la vida por los hermanos que tengo. Éramos seis varones, pero dos murieron porque sus destinos estaban marcados. Gracias a mis hermanos, he logrado comprender los misterios de la sangre: somos tan diferentes, pero una madre nos unifica.

Gracias a la vida por tener a una abuela religiosa que me enseñó, a su manera, el temor a Dios. Creo que gracias a ella conocí el pecado, y el pecado me acercó a ese ser supremo, con él que sigo negociando mi estancia en la tierra, cuando peco y trato de arrepentirme.

Gracias a la vida por haber nacido pobre y sin herencia. Tal vez si fuera rico, ya hubiera desconocido a Dios y estaría perdido en el mundo superfluo del dinero y del poder. De mi padre heredé talento y de mi madre, nobleza.

Gracias a la vida por tener amigos y amigas incondicionales. No sé qué hubiera sido de mí sin el respaldo de personas generosas, que me han ayudado en situaciones difíciles. Dicen que quien tiene amigos ha encontrado un tesoro. Yo soy un feliz millonario de cariño y simpatía.

Gracias a la vida por tener enemigos gratuitos y con razón. Aprovecho para pedirles perdón, si los he ofendido. Sé que a veces mi pluma los ha herido sin piedad. No ha sido mi intención. No les guardo rencor ni resentimiento. Algunos de ellos son lectores anónimos de esta columna. Me leen para condenarme. Yo los amo por su fidelidad. Por lo demás, soy hombre y por eso amo, odio y perdono. Escribo lo que siento y pienso. Además, soy práctico: la vida comienza cada mañana, al salir el sol. No recuerdo el ayer.

Gracias a la vida por la mujer que me dio. Ella llegó en el momento en que mi vida se consumía en el fuego de la desesperanza. Me tocó con su cariño, y me arropó con su ternura. Me sentí protegido y me enamoré. Ella no es mi alter ego, ni mi complemento. Pero ha sido el fundamento de mi hogar y de mi existencia.

Gracias a la vida por los hijos que tuve. No son perfectos. Pero todos los días pienso en ellos y deseo que sean mejores que yo. Hubiera querido tener una hija, pero así es el destino. Ahora ya sé que si me enfermo y enviudo, no tendré una hija en quien reclinar mi cabeza.

Gracias a la vida por los nietos que tengo. Es un jardín de rosas y claveles que crecen cada día. Es un pequeño paraíso que riego todos los días con cariño. Tengo seis nietos y vienen más. Son tres mujeres y tres varones que salen a mi encuentro para bombardearme de besos. Dos son adolescentes y cuando me dicen abuelo, me siento más viejo de lo que soy.

Y, finalmente, gracias a la vida porque al final nos lleva a la muerte. ¿Qué sería de nosotros si fuéramos inmortales? Infelices. Es, precisamente, la muerte lo que le da sentido a la vida. Vivir para siempre sería el fin de las emociones.

La muerte no es un asunto que nos competa. Viva la vida.

 

felixnavarrete_23@yahoo.com