Jorge Eduardo Arellano
  • |
  • |
  • END

Milagrosamente no ha muerto nadie aún. Cuando regresaba del mitin político “todos contra el fraude”, al llegar a una esquina de los Robles tuve la oportunidad de ver el interior de la capucha rojinegra de quien me salió al paso. La verdad, a través de los orificios mal cortados no se veía amor ni reconciliación. Sus ojos vidriosos más bien reflejaban la pasión que generan los instintos más bajos del ser humano. Detrás de él, aparecieron decenas de compañeros con la misma actitud, y la pasión individual se convirtió en una orgía de masas agresivas alzando piedras, machetes y tubos galvanizados. Mientras sentía sus empujones haciéndonos retroceder, respiré un poco aliviado porque estaba un grupo de policías a menos de veinte metros y pensé que no se atreverían a herirnos delante de ellos, como en efecto no lo hicieron.

Una hora más tarde, veía en la televisión la misma escena pero protagonizada por un periodista del semanario Confidencial, con la diferencia de que mientras él retrocedía un machete golpeó su brazo y segundos después se retorcía por una rapidísima estocada en el abdomen. El hombre estaba solo frente a quince o veinte “simpatizantes partidarios”, como les llaman ahora algunos medios noticiosos. Ese día centenares de ciudadanos rompimos un cerco con miles de “simpatizantes” orteguistas armados con bastante odio, impunidad y disposición de herir o matar. Considerando los antecedentes de León, las amenazas y la descomunal movilización intimidatoria durante todo el día, es un hecho que todas las personas que logramos llegar, además de las que hicieron el intento pero fueron obstaculizadas abusiva y violentamente, lo hicimos a pesar de que corríamos el riesgo de ser agredidos por gente dispuesta a matar.

El mensaje a Ortega fue directo, la población ha perdido el miedo a las amenazas y éstas ya no son suficiente para impedir las protestas. Al Presidente sólo le quedan dos alternativas, deshacer el fraude o escalar la represión. ¿Cuál es el nivel represivo superior? A mi juicio sólo falta que ordenen disparar a matar. Cuando esto suceda, nadie podrá predecir cuántos serán los muertos o de qué bando habrá más heridos. Si son orteguistas, justificaría la posterior masacre, si son anti-orteguistas, probablemente se lo buscaron por provocadores. Es muy posible que el primer asesinado sea un policía, entonces veremos a la Ministra de Gobernación Isabel Morales y a su jefe el Presidente Ortega, presidiendo el acto de reconocimiento póstumo al heroico policía. Llenarán las pantallas abrazando a su madre inconsolable, entregándole una medalla por servicios prestados a la “Patria”. Esa madre que nunca volverá a ver a su hijo, sentirá el dolor más profundo gracias a que Ortega quiso cobrar con creces las boletas tiradas con las que dice le robaron en el 96, sin explicar que esas boletas no cambiaban los resultados.

Cuando caigan los primeros muertos, no sólo habrá madres, también hijos, hermanos y padres llorándolos. ¿Cómo podrá entonces justificar su silencio el Cardenal Obando, comisionado para la paz y reconciliación? ¿Cómo explicaría la empresa privada que no tuvo el coraje de ser firmes opositores a las agresiones que hoy nos llevan por el camino de caos y muerte? ¿Sólo cuándo decretan días feriados son tan beligerantes? ¿Acaso no sería complicidad criminal si el PLC de Arnoldo Alemán se hace de la vista gorda y termina pactando con Ortega?
Sin embargo, más grave será la complicidad del Ejército, quienes dijeron que ellos asumen responsabilidades solamente cuando la Policía es desbordada. Pues el martes 18 fue más que desbordada y lo único que faltó para evidenciarlo fue una gota que derramara el vaso. Cuando eso suceda Sr. Hallesleven, ya será demasiado tarde.

*Administrador de Empresas.