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Cuando en 2010 una orca de espectáculo mató a su adiestradora en Orlando, más allá de la natural consternación por la muerte de un ser humano, se vino desenvolviendo poco a poco la madeja de cómo estos seres tan inteligentes son llevados a verdaderos calvarios durante su amaestramiento, al ser sometidos a extenuantes rutinas totalmente antinaturales en espacios ultrarreducidos, provocándoles estrés, fatiga y ansiedad, que los llevan a desarrollar cuadros depresivos y, en algunos casos, aparente locura, con resultados trágicos.

El verdadero carácter de dicha “entrenadora” fallecida fue quedando en evidencia con los testimonios puntuales que se filtraron, lo cual justamente permitió que al menos dicho cetáceo no fuese sacrificado, sino que se le confinó a un retiro forzado, por el acto de rebeldía ante su torturadora profesional.

Hasta entonces, se supo de las extenuantes jornadas, maltratos y otros condicionamientos para que pudieran estos mamíferos desarrollar nuevos “trucos”, y obtener su alimento bajo esos esquemas claramente definidos como torturas, lo cual ocurre a costa del incentivo económico provisto por los “seres civilizados” que asisten a estas deleznables exhibiciones.

En un tono mayor está ahora el grave problema, tanto en frecuencia como severidad, de los constantes incidentes con estos seres propiedad de esas entidades comerciales, los cuales han atacado al público o intentado escapar de su horrorosa cárcel, entre otras situaciones alarmantes.

Los nicaragüenses, con nuestra proverbial actitud de diáfana insensibilidad y de ciega ignorancia, toleramos y aceptamos aún en nuestra aberrada “normalidad” estos degradantes actos como diversión, donde no solamente estamos hablando de verdaderos torturadores, sino que el Estado de Nicaragua los legitima y bendice al otorgarles una licencia para que sigan actuando, no solamente con el peligro inminente hacia el público, sino con el terrible mal ejemplo para la niñez.

El problema verdadero está en el mensaje enviado a los menores sobre la “normalización” de la violencia y maltrato hacia los seres distintos a nosotros, lo cual es mucho más importante evitar que los impuestos que puedan pagar estas empresas de pseudo-arte, en donde se masifica el torcimiento y degradación continua de los valores de la niñez nicaragüense, lo cual seguramente incidirá en la inclinación a maltratar, ya sea animales o también a sus semejantes.

México, con una mayor tradición circense, ha establecido ya la prohibición expresa en cinco estados para funciones con animales en cautiverio, amén de una larga lista de países que están anteponiendo la formación correcta de su niñez; prohibiendo no solamente la realización de estas indignantes prácticas, sino también el tránsito por el territorio de cualquier organización que exhiba animales como negocio.

Nicaragua debe modificar la ley vigente para proscribir por siempre este tipo de bochornosos espectáculos.

 

@carflom