Jorge Eduardo Arellano
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Tenía miedo, como muchas veces en mi vida, de participar en la marcha para defender el voto ciudadano, el martes 18. Nunca he sabido enfrentar la violencia física. Mis paradigmas generacionales fueron Mahatma Ghandi y Martin Luther King, y desde la tímida imitación de estas posturas me he sumado a todas las causas en las que he creído.

Llegando a la hora de la convocatoria e informada de que en vehículo ya no íbamos a poder llegar hasta la Funeraria Monte de los Olivos, mucho menos al Hotel Princess, comencé a caminar con Silvia Gutiérrez y Angie Largaespada, dos jóvenes profesionales con quienes habíamos acordado irnos juntas.

El ambiente era muy tenso, los anuncios eran atemorizadores, militantes del partido de gobierno, los funcionarios públicos, miles de jóvenes y de ellos cientos, con sus rostros cubiertos, eran desplazados hacia el sitio cercano a la concentración. Grandes y lujosas camionetas llegaban a los conglomerados donde rápida y vigorosamente eran repartidas cantidad de banderas rojinegras y municiones. A nuestros oídos llegaba que además de piedras, los grupos gobiernistas estaban abastecidos de tiradoras y canicas o maules, como le dicen en Las Segovias, de dos tamaños. Me estremecí pensando en que nos podían dejar ciegas si nos daban en un ojo. Pensé en que los anteojos se me harían añicos contra la cara. Aparté esas imágenes de mi mente y continué caminando con las muchachas, recibí la llamada de Vidaluz, mi hija, que iba con su grupo de amigas, ex compañeras de colegio y ahora todas profesionales y madres de familia de tres y cuatro niños cada una. Varias de ellas, ex Juventud Sandinista, chavalas generosas cuyos 15 años no fueron motivo de fiesta, sino de participación en misas por sus amigos mártires que uno a uno caían en el Servicio Militar Patriótico. No esperaba que fueran, así que no me quedó de otra que advertirles la ruta por donde podían llegar a pie.

Ya bajando con mis acompañantes por La Familiar, nos unimos al grupo de Pinita Vigil y sus hijas, Josefina y Virginia, otros jóvenes del Grupo Puente, el Profesor de la UCA, Dr. Jorge Huete, a quien saludé y manifesté mi admiración por sus investigaciones científicas e inteligentes entrevistas sobre transgénicos. Dos comandantes guerrilleros, ahora en la vida civil, me reconfortaron con su presencia, Dora María Téllez e Irving Dávila.

Al llegar al Monte de los Olivos, en la esquina opuesta estaba un grupo con grandes piedras en las manos y actitud agresiva, nosotros pasamos frente a ellos rápidamente, haciendo caso omiso de sus insultos y amenazas, el Profesor Huete levantó los brazos y en gesto conciliador pasó diciéndoles Paz…Paz….Paz. No obstante, empezaron a tirarnos las piedras, Irving Dávila les preguntó firme: ¿Qué les pasa? Y éstos se abalanzaron sobre él con piedras y una regla con la que le dieron en el brazo que él antepuso protegiéndose, debido a que es un hombre que a estas alturas ha sufrido dos trasplantes de riñón y dos infartos, mientras su hija, Ana Lucía, desesperada y el resto de su familia y amigos lo apartaban de sus agresores. Así continuamos rápidamente. De pronto, a dos centímetros de mis pies, cayó una piedra grande y corrí a meterme a la casa de la gasolinera, toda de vidrio, y de allí vi pasar a mis compañeras/os de marcha. Pinita, con el improvisado casco que se había puesto en cabeza los encaró y les dijo: Nos vas a pegar, nos vas a matar, atrevete. El desconcierto debe haber paralizado unos minutos a los agresores.

La joven encargada de la tienda de la gasolinera le dijo a sus compañeros de trabajo, ¡cerremos! porque se van a venir a meter aquí, entonces me di cuenta que los estaba exponiendo y salí rápidamente sin volver a ver atrás hasta pasar el cerco de la policía confiando que de alguna manera, allí estaría a salvo momentáneamente.

Así pudimos congregarnos unas dos mil quinientas personas frente al Hotel Princess convirtiendo en concentración nuestra pretendida marcha, ya que no tuvimos hacia dónde caminar, cercados por los cuatro costados por enmascarados embanderados rojinegros que blandían visiblemente piedras y palos.

Después de concluidos los discursos permanecimos esperando condiciones para retirarnos con cientos de jóvenes que seguramente ahora serían tildadas de nalguitas rosadas pero que un día muchas de ellas/os trabajaron hombro a hombro con su pueblo por un futuro mejor, tal como expresó mi hija a una agencia de noticias internacionales que la entrevistó y le preguntó por qué estaba allí y ella atorozonada por la emoción le dijo “porque tengo cuatro hijos”.

*Escritora nicaragüense
vidaluz@ibw.com.ni