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En este mes de la patria, resulta oportuno recordar una obra pionera de la narrativa nacional: la “Antología del cuento nicaragüense”. Prologada por Mariano Fiallos Gil, la editó en Managua el Club del Libro Nicaragüense –iniciativa de Fernando Centeno Zapata– en 1957. Treinta y ocho piezas de diecisiete autores contiene este volumen, hoy poco accesible, de 278 páginas.

He aquí los cuentos elegidos: Adolfo Calero Orozco (Claudio Robles, padre de Sebastián Robles: Catín, criatura inolvidable y Las gallinas de la difunta); Mario Cajina Vega (Los machetes, La marimba y El malinche); Fernando Centeno Zapata (La sequía, Cuando llega la hora, El viaje); Manolo Cuadra (Torturado, Un fragmento de “Almidón” y De Quilalí a las Segovias: Emilio Quintana (Inundación, Tierra linda y Azúcar); Otto Schmidt (El cadejo, Cacería en Chinandega y El gusto de Roldán); Raúl Silva Aguilar (La Teodora Coyota, La Virgen de Capire y Un muerto a caballo); Mariano Fiallos Gil (Bajo la lluvia, Afroquinina y El coyote); Sebastián Vega hijo (Coronel, Cimarrón y El tigre).

Asimismo, se incluyen dos cuentos de María Teresa Sánchez (Juan Turín y El hombre feliz), uno de Ramón Barreda R. (Caín Rodríguez), dos de Hernán Robleto (La luz en el estercolero y Perro de pobre); uno de Jacobo Ortegaray (La rosa de Curinga); dos de Fernando Silva (El viejo y Los promesantes), uno de Juan Velásquez Prieto (Por una mula); uno también de Salvador Lacayo (El gran cambio) y otro de Juan Felipe Toruño (Chupasangre).

Sin criterio selectivo, la antología abarca de hecho a todos los nicaragüenses que escribían y publicaban cuentos en el país y el extranjero, aunque muchos no habían editado libros o cuentarios. El mayor de edad de los cuentistas era Robleto (65 años), seguido por Toruño (59 años) y Calero Orozco (58 años). Entre los menores figuraban Fernando Silva (20 años) y Cajina Vega (18 años), autores respectivamente de los cuentos “El viejo” y “Los machetes”, ambos de calidad maestra.

En su mayoría, los cuentos se enmarcan dentro del regionalismo y tienen de motivos las costumbres y psicologías campesinas, el dominio de la naturaleza sobre el hombre y las acciones en las guerras civiles, entre otros. Algunos reflejan una poco lograda internacionalidad social. Se aprecia el predominio del habla rural, pero es bien utilizada, pues no rompe la estructura del español. Sin embargo, para su comprensión fuera del área centroamericana se elaboró en el apéndice un pequeño “Diccionario de nicaraguanismos”.

Sigue siendo válida la opinión de Fiallos Gil, el prologuista: muchas piezas “se quedaron en estampa, sin llegar a ser cuentos… no hemos logrado todavía forjar cuentos –agrega– con elementos universales: pasiones, cosas de conciencia, deudas morales o religiosas, conflictos sentimentales, y con el típico y más popular de los temas: el cuento policíaco”. Por lo demás, la única recepción crítica que tuvo esta antología fue en Santiago de chile, donde el connotado dariano Raúl Silva Castro le dedicó unas líneas en El Correo Literario (número del 1 de junio de 1957).

 

Cuatro de los cuentistas escogidos se destacaron en ese comentario: Hernán Robleto, Adolfo Calero Orozco y Mariano Fiallos Gil. Finalmente, Silva Castro aseguró que dicha obra estaba “llamada a lograr una amplísima acogida en todas las naciones de la lengua española”. Pero no se trataba sino de una cortesía ilusoria.