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Las primeras líneas de este artículo deben contener necesariamente una advertencia al lector: lo que está usted a punto de leer, en el caso de que no conozca la historia, puede causarle uno de los más grandes dilemas morales imaginables, si consigue abstraerse de la corrección política, de los tópicos y de las consideraciones culturales, éticas y religiosas, ya sean adquiridas por la experiencia o heredadas genéticamente.

Lo que quiero contarle es la historia de Frank Van Den Bleeken, que ostenta la absurda condición de ser el recluso más célebre de Bélgica. Este despojo humano de 52 años fue condenado a pudrirse en la cárcel de por vida, después de ser juzgado por agredir sexualmente a varias mujeres, y asesinar a una de ellas.

Van Den Bleeken no quiere optar a una libertad condicional. No quiere salir de prisión, porque es conocedor de un impulso que no puede controlar, y que le llevaría a cometer las mismas atrocidades. Van Den Bleeken es un depredador, que reacciona como un animal ante los estímulos del cerebro reptiliano: el hambre, el miedo, el instinto de supervivencia y, en su caso, el sexo.

Ya hace tres años que la angustia le llevó a pedir que le ayudaran a poner fin a una vida que nunca merecería la pena. Y con ello, que alguien consiguiera cercenar su lucha interior, su batalla de cada madrugada y de cada amanecida consigo mismo, el tormento de su espíritu, el sufrimiento de su alma.

En un gesto salomónico, los jueces decidieron que se pondría el empeño y los medios necesarios para encontrar una cura al mal de Van Den Bleeken, pero los médicos a los que se les encomendó la compleja tarea han sido determinantes: no hay remedio posible para transformar a la bestia, al cazador de placeres sucios y forzados, en una persona equilibrada que no suponga ningún peligro para la sociedad.

El pobre diablo belga se ahogó en su propia maldición, tras verse retratado como un psicópata por una sociedad que tenía todas las razones para odiarle, y luego se hundió, igualmente, en el cieno de su martirio, al descubrir que no habría remedio para el temor que todos sentían a su mala sombra. A Van Den Bleeken se lo tragaron las arenas movedizas de una condena más atroz que la de la muerte: la de verse obligado a llegar hasta el final de sus días soportando el peso de su culpa, sin poder sacudírsela siquiera con el arrepentimiento.

Armado con los argumentos de la ciencia, el hombre que ha comenzado a pensar como un hombre mirándose en el espejo de su mezquindad, hiriéndose con el daño —también incurable— que ha hecho a sus víctimas inocentes, volvió a pedir la gracia de la muerte. No quiere vivir una vida que no tiene sentido, porque nunca será más que una alimaña que busca un éxtasis de lujuria como único motor de su conducta de fiera enferma.

El pasado lunes, la Justicia volvió a pronunciarse, y decidió conceder la clemencia de la eutanasia a Frank Van Den Bleeken, que la pedía para no causar más daño, puesto que ni a él mismo le basta con su voluntad de esquivar su salvajismo. Pero, ¿considera justo la familia de la mujer a la que asesinó que el verdugo limpie sus pecados librándose del sufrimiento con la muerte? ¿Consideran justo aquellas otras mujeres a las que violó, y que siguen sintiendo náuseas por la memoria de su aliento putrefacto, que cuando ellas no consiguen descansar una única noche en paz, su agresor encuentre el sosiego en una inyección letal?

¿Es justo que no sea la condena a una conciencia lastimada para siempre el pago por sus crímenes? Ahora, querido lector, usted también se ha convertido en juez, al llegar hasta el final de este artículo. ¿Habría tenido clara su decisión?

 

@oscar_gomez