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“Lubaraun” es una joya etnográfica que da la palabra a un pueblo que ha vivido en resistencia y sigue luchando por mantener su identidad. De manera tan sencilla como brillante, María José Álvarez y Martha Clarissa Hernández han logrado llegar al alma garífuna. Nos llevan por el arte culinario garífuna, por lo que significa para esta etnia la tierra, el agua y el fuego, y hasta nos hacen sentir el olor a pescado cortado “al estilo garífuna” y saborear la tortilla de yuca y la sopa de cangrejo. Nos invitan a un itinerario que nos lleva desde Nicaragua hasta Tocamacho, en Honduras. Nos hacen partícipes de un encuentro, más valioso que nunca hoy, cuando la humanidad no parece estar animada a construir puentes para unir culturas y acepta pasivamente la imposición de un patrón cultural único.

El pueblo garífuna siempre está empeñado en la unidad de su gente. Sabe que cuando se cortan los lazos de sangre sucede lo mismo que cuando el manantial deja de manar. Si la flor se seca también se seca el corazón garífuna. Por eso cruzan fronteras, ríos, mares, lagos y montañas, sin importar las distancias, tejiendo y retejiendo siempre los lazos de la sangre ancestral. Este documental nos enseña que son los pueblos “atrasados” los que nos llevan la delantera en humanismo y en relaciones humanas, hoy, cuando el mundo cibernético promueve desencuentros y nos aliena del contacto humano.

Danza, canto y tambor llenan esta cinta. Son elementos de la mística ancestral con la que el pueblo garífuna se ha enfrentado a las dificultades que la vida trae. Expresaron y siguen expresando la alegría y el dolor, el grito de unidad comunitaria ante las adversidades de la historia. Con canto, danza y tambor ahogan el sufrimiento y la angustia hasta alcanzar la salud física y mental.

En el rito del Walagallo, momento de íntima relación entre vivos y muertos, el cuerpo de los vivos se convierte en recipiente de los espíritus de los ancestros. “Cuando cantamos el Yurumein estamos buscando gente garífuna”, dicen. Tradiciones orales, danzas, cantos y tambores relatan despojos, deportaciones y rebeldías. Testimonian la resistencia garífuna, la que oculta la historia no escrita. “El garífuna no acepta ser maltratado, no es esclavo de nadie, el trabajo es su único amo”, así dicen. Y así lo han demostrado tantas mujeres y hombres garífunas que, con el único recurso de la perseverancia y la valentía, lucharon y vencieron la sangrienta esclavitud que quiso someterlos, convirtiendo la adversidad en caminos de vida. La fuerza de sus ancestros siempre los acompaña. Es toda esta riqueza la que encierra este precioso documental.

Podemos verlo desde varias ópticas: la memoria histórica, la educación intercultural, el testimonio de resistencia, la persistencia en la propia identidad… Desde la perspectiva intercultural nos recuerda que vivimos en un país pluricultural, plurilingüe y pluriétnico. Y eso nos desafía: la convivencia de varias culturas es un reto, y es también una oportunidad para que el Caribe y el Pacífico se enriquezcan mutuamente y enriquezcan a toda Nicaragua.

La historia humana nos ha demostrado que el mestizaje de etnias, pueblos y culturas desemboca siempre en resultados alentadores. Es ese el mensaje que nuestras cineastas proponen para una Nicaragua que soñamos con justicia, y, por tanto, mestiza. El contraste entre sombras y luz reflejándose sobre el mar, imagen con la que cierra la cinta, es un hermoso símbolo de la vida del pueblo garífuna: al atardecer de cada día renace en ellos la esperanza de que amanecerá de nuevo. Siempre ha sido así: las fuerzas de la opresión y de la esclavitud han fracasado una y otra vez contra una etnia que canta y baila, llora y ríe, a pesar de tantos, a pesar de todo. Gracias, María José y Martha Clarissa, por esta obra de arte, un gran regalo que le hacen a Nicaragua y a América Latina.

 

(El autor es Rector de la Universidad Centroamericana, UCA)