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“¿Qué tal, doctor?”, me saluda en el pasillo un compañero de trabajo a quien casi veo a diario y coincidimos para prepararnos un café. “Bien, pero no me digás doctor”, le respondo inmediatamente, con una sonrisa en los labios, mientras me quedo pensando en lo demasiado generosos que somos los latinoamericanos en asuntos de cortesía, especialmente los nicaragüenses, cuando saludamos a alguien que conocemos o nunca hemos visto, pero lo bautizamos inmediatamente y sin preámbulos con un título socialmente aceptado.

Esta vez me quedé pensando: ¿Por qué me dice doctor si sabe que no soy ni médico ni abogado? Ah, me dije, debe de ser seguramente porque soy bajito, gordito, con camisa cuadradita, y cargo unos gruesos anteojos en mi cara que encajan en el desgastado perfil tradicional del funcionario o profesional común. ¿O es que me dice doctor por respeto a mi edad y las incipientes canas que comienzan a cabalgar en mi semicalvicie?

En fin, no voy a seguir especulando, no sé si me lo dice por respeto o porque cree que los periodistas merecemos el título de doctores. Pero la verdad es que los nicaragüenses —detrás de esa gran cortesía que muchas veces cae en zalamería— enviamos un mensaje moral que pasamos desapercibido.

Es impresionante el variado menú de títulos con que los nicaragüenses saludamos a aquellas personas que no conocemos o con quienes nuestra relación es superficial. Somos especialistas en usar la cortesía para meternos subrepticiamente en el ego de las personas y lograr nuestros malsanos propósitos.

Los títulos que más he escuchado son los de doctor, ingeniero, licenciado, chef, jefe, y su orden de importancia varía de acuerdo a tu tez, complexión física, modo de vestirte, circunstancias y hasta en la manera en que caminás.

Por ejemplo, la vez pasada, en un mercado capitalino, un señor me saludó con el título de licenciado mientras pasaba por su tramo. “¿Qué va a querer, licenciado? Aquí tengo todo lo que usted necesita, pase adelante”. Recuerdo que esa mañana vestía una camiseta y un short deportivo y lo que menos parecía y quería parecer era un profesional. Otro día, en otro lugar, y con una vestimenta común, un joven me saludó en un parqueo con el título de ingeniero. Le pregunté si no tenía en su menú el título de periodista. Me dijo que no era elegante.

Sin embargo, su respuesta me hizo reflexionar sobre la falsa apariencia que brindan los títulos. Conozco a personas tan enamoradas de su vanidad, que no te vuelven a ver en la calle si no las saludás por su título. Les gusta que la palabra doctor, ingeniero, resuene en los lugares públicos. No sé si estas personas esconden algo detrás de los títulos o estos hablan por ellas. O es que los nicaragüenses somos tan irreverentes que cuando saludamos a alguien por el título, en el fondo, nos estamos burlando sutilmente del que los ostenta, y por eso es que los repartimos gratuitamente en la calle, con zalamería y ardid maestro.

Yo no soy enemigo de los títulos. Respeto a las personas que ostentan altos títulos académicos. Pero sí soy enemigo de los protocolos y convencionalismos sociales. Los respeto cuando es necesario. A mí me gusta la palabra compañero, y no es por razones políticas e ideológicas, sino porque la palabra compañero me define mejor. Me siento ciudadano, pueblo, masa, sin perder, claro está, mi dignidad e individualidad.

Cuando saludo a alguien, me gusta decirle compañero o compañera. El título es temporal, protocolario y hasta molesto. Prefiero “Adiós, compañero”; “Qué tal, compañero”; “Felicidades, compañero”; “Lo siento, compañero”, “Te aprecio, compañero”. Y déjenme decirles que yo conozco compañeros con talentos especiales, con títulos especiales, con pedigrí especial, a quienes no necesito llamar por sus títulos.

Por eso, cuando me dijeron “Qué tal, doctor”, respondí que bien, pero me sentí mal porque me hubiera sentido mejor, casi feliz, si me hubiera saludado con un “Qué tal, compañero”. Esa palabra es el mejor título para defender la grandeza del ser humano.

 

felixnavarrete_23@yahoo.com