Augusto Zamora R.*
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El recién pasado referéndum celebrado en Escocia, sobre su independencia del Reino Unido, puso a la Unión Europea en estado de alarma-colapso general.

Un triunfo del “Sí”, decían los unionistas, abriría la caja de Pandora de los movimientos separatistas que afligen a España, Bélgica, Italia y otra media docena de países.

Triunfó el “No”. Y banqueros, empresarios y partidos conservadores respiraron.

Europa es cuna de los movimientos nacionales, nacidos como reacción a la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas, a finales del siglo XVIII. Alemania les dio forma.

No la Alemania actual, que no existía, sino los Estados germanos, donde Napoleón vio algunas de sus épicas victorias. Donde quiso imponer el sistema legal-político francés.

Reaccionaron los germanos –Kant y Herder– oponiendo lo propio al avasallamiento que llegaba de París. Revalorizando lo alemán, lengua, literatura, costumbres, tradiciones…

El movimiento germano, que dio origen al romanticismo literario, llegó a la península itálica y, luego, se irradió a lo largo y ancho de una Europa sometida por cuatro imperios.

Pero, igual que ha pasado con tantas ideas, el movimiento nacionalista (o de las nacionalidades), noble en sus orígenes, fue derivando hacia auténticas monstruosidades.

Herder hablaba de revalorizar lo propio, no porque fuera mejor sino porque era propio. Los nacionalismos de fines del siglo XIX se convirtieron en el origen del fascismo.

El nacionalismo emergente era pueblos contra pueblos, con ideas delirantes de imperios y razas superiores destinadas a someter a las inferiores. Hubo dos guerras mundiales…

 

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