Jorge Eduardo Arellano
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La más reciente y resonante elección de los Estados Unidos me sorprendió en el vuelo 631 de Al Italia. Cruzando el cielo sobre Marsella, antes de arribar a Roma desde Miami, una azafata anunció por el parlante el contundente triunfo de Barack Obama, y los aplausos y el júbilo de todos los pasajeros rompieron al unísono. Mariano Díaz -un estadounidense de 30 años, nacido en Uruguay y formado en Argentina- no pudo reprimir su gozo. “Es la noticia más feliz que he recibido en mi vida” -me comentó, asiento de por medio, desde la ventana de la fila 34 del Jet. “La crisis a que nos condujo el señor Bush ya era inaguantable y nos tenía hastiados y deprimidos”. Díaz es un empresario latino que votó, como la mayoría de sus conciudadanos, por el primer “afroamericano” que accederá a la Casa Blanca.

Pero la prensa española, haciéndose eco de ese hito calificado de descomunal e histórico, no dejó de ser crítica. Hubo sus discrepancias. Alguien llamó a Obama “el Anticristo”. El catedrático de historia de la Universidad de Tutts en Boston -un español cuya última obra es la biografía de Américo Vespucio, el hombre que dio su nombre al continente- acotó: “Es casi seguro que vamos a experimentar cuatro años de desengaños; pese a las promesas de cambio, la vida seguirá siendo igual”. La nefasta herencia de ocho años de mandato de George W. Bush es la causa del pesimismo de Felipe Fernández Arnesto.

Otra acotación de Fernández Arnesto es la de que Obama, en su genealogía, no se remonta a las víctimas de los adoradores de la cruz ardiente del Ku Klux Klan, ni a la de los insidiosos promotores del apartheid en Sudáfrica, ni a las espaldas laceradas del látigo esclavista del Sur de los Estados Unidos. El catedrático hispano señala que el presidente electo no encarna al auténtico negro estadounidense, ya que se trata de un inmigrante natural de Kenia, creado en Hawai e Indonesia; de un universitario de Harvard, en fin: de un caso ejemplar de quien ha realizado el “sueño americano”. Y puntualiza que su esposa Mitchelle sí representa esa autenticidad. “Por sus venas corre la sangre de los antiguos esclavos, y su ascenso a primera dama de la Nación supone un ajuste de las desigualdades heredadas de la Historia”.

Henry Kamen, especializado en España (en su Inquisición, mitos históricos e identidad nacional) fue más específico al sostener que no hay nada común entre el legado de Martin Luther King y el acontecimiento del 4 de noviembre. Según Kamen, Obama hereda un camino marcado por Bush –quien incorporó a su gabinete afroamericanos-, expresada en su articulación de una alianza blanca-negra que apostaba al futuro. El historiador estadounidense concluye que el movimiento a favor de los derechos civiles, iniciado por la costurera Rosa Parks el primero de diciembre de 1955 –al decidir no levantarse de su asiento en un autobús, cuando el conductor le indicó que su puesto estaba reservado para un pasajero blanco- “ya no es relevante en una sociedad moderna y madura”.

En El Mundo del 12 de noviembre, Kamen señala que votaron más blancos por Obama que por cualquier otro candidato demócrata en las cuatro últimas elecciones presidenciales y que en el Estado de Iowa (con una población blanca superior al 90 por ciento) todos los votos fueron para el senador de Chicago. En El País del mismo día, M. A. Bastenier opina: “No está claro que el triunfo del demócrata implique el levantamiento del tabú racial en los Estados Unidos”; y que la obamanía desatada en Europa contiene “un volumen de adulación, entusiasmo y desconocimiento que frisa en lo pornográfico”.

En La Vanguardia del 13 de noviembre, Laura Freixas sugiere que se imite a la pequeña editorial granadina Almed, que el año pasado contrató –cuando su autor era un desconocido- el primer tiraje en España de la auto-grafía de Obama: Los sueños de mi padre, y que se ha reeditado en estos días. Freixas enumera las espléndidas novelas afroamericanas que ha leído: Memorias de una esclava (1861), de Harry Jacobs; Sus ojos miraban a Dios (1937), de Zora Neale Hurston, Ve y dilo en la montaña (1953), de James Baldwin, y El hombre invisible (1953), de Ralph Ellison, entre otras. Debió agregar la novela de Irving Wallace que trata del primer presidente negro de los Estados Unidos.

El mismo diario de Barcelona trae interesantes noticias. Una: que la organización National Hispanic Leadership Agenda le ha solicitado a Obama que escoja como Secretario de Estado al Gobernador de Nuevo México, Bill Richardson (por cierto de ancestros nicaragüenses), ex miembro del gobierno de Bill Clinton, en reconocimiento al papel crucial del voto latino en su victoria sobre John McCain. Otra: que el cierre del penal de Guantánamo figure entre las prioridades de la futura administración, “por la potencia simbólica de tal medida como ruptura con la de Bush. Clausurar la cárcel en la base anclada en Cuba entraña una complejidad jurídica. Primero habría que revisar la situación de los aproximadamente 250 prisioneros que siguen allí y luego habría que habilitar otro centro de detención y crear un tribunal especial civil para juzgarlos. Para todo ello, Obama necesitará el beneplácito del Congreso”. Pero no puede descartarse un embrollo legal que llegue otra vez hasta el Tribunal Supremo.

Y la tercera noticia de La Vanguardia es la sátira de una ficción ucrónica. El grupo activista Yes, Man (Sí, hombre) redactó y distribuyó un millón de ejemplares de una edición utópica de The New York Times que anuncia la terminación de las guerras de Irak y Afganistán (en la que España ha sido la segunda potencia de la OTAN con más víctimas) logradas por Obama, “así como la adopción de políticas sostenibles de reactivación económica y redistribución de la renta, un plan público de sanidad y controles sobre la remuneración de los ejecutivos”. Igualmente, los activistas difundieron por Internet un video con las reacciones de alegría de los estadounidenses. Con fecha del 4 de julio de 2009, el diario apócrifo publica anuncios irónicos de las multinacionales petroleras, entre ellas la Exxon, que felicitan al Presidente por haber puesto fin a esos epicentros del terror.

Pero toda la prensa española coincide en que no es nada fácil el reto que asumirá el cuadragésimo cuarto gobernante de la primera potencia mundial, a partir del próximo enero, al enfrentarse a la peor crisis financiera en su país desde el crack de 1929, traducida –y este es uno de sus ejemplos- en la pérdida de casi un millón de puestos de trabajo, incluyendo los despidos masivos de la General Electric, General Motors, Chrisler, Coca Cola, Yahoo y Xerox de las últimas semanas. Las infraestructuras básicas y verdaderamente necesarias del país se caen a pedazos –señaló Fernández Arnesto, residente en Boston: puentes semiderruidos, aeropuertos anticuados, carreteras sin mantenimiento, suministros de energía poco fiables, etc. Y pone dos ejemplos: Nueva Orleáns, destrozada por el Huracán Katrina en 2005, no se ha reedificado ni hay visos de que se vaya a hacer; y Galveston –que lleva el nombre de Matías Gálvez, héroe nacional de la Guerra de Independencia estadounidense- fue arrasado por otro en 2007. Por eso, al igual que el segundo Roosevelt –el del New Deal (Nuevo Trato)- se considera que Obama va a ser el presidente de las obras públicas y que hará fuertes inversiones en infraestructuras destinadas a crear empleos, de acuerdo con Andy Robinson (La Vanguardia, 9-X1-08).

Robinson también escribió el artículo “America afro-gothic”, basándose en el famoso cuadro realista de Grant Word pintado en 1930: “American gothic”, en el que retrata a un granjero armado de su instrumento de labranza y a su hija soltera, ambos rígidos y hostiles, que posan delante de su vivienda de estilo gótico americano, representando la tradición cerrada, conservadora, republicana y blanca de la “América interior”. Pues bien, Eldon –el pueblo que inspiró el cuadro de Wood– votó mayoritariamente por Obama, transformándose en demócrata y pro-afro.

Finalmente cabe citar una extensa carta de Madeline K. Albright, alta funcionaria de Clinton, al presidente electo, indicándole todo lo que debe hacer para restaurar la reputación y el liderazgo de los Estados Unidos. Entre otras cosas premiar el trabajo duro, no la codicia; en el exterior, seguir adelante con su plan para comenzar la retirada de las tropas estadounidenses de Irak, entrenar a las tropas afganas para que defiendan a sus pueblos y mejorar la eficacia del gobierno en todo el país; en el Oriente Medio, promover una justa y paz permanente; dedicar más tiempo y recursos a las descuidadas regiones como América Latina y África. En pocas palabras, le recomienda una política visionaria: aprovechar los últimos avances científicos para mejorar el nivel de vida de todo el planeta: el cultivo de alimentos, la distribución de medicinas, la conservación del agua, la producción de energía y la preservación de la atmósfera. Todos, utópicamente, así lo esperamos.

jarellano@bcn.gob.ni