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El pasado viernes 19 asistí, por invitación personal de Alejandro Serrano Caldera, a la presentación —en el Centro Cultural “Pablo Antonio Cuadra”, en Hispamer—, del volumen quinto de su obra, serie auspiciada desde 2008 por el Consejo Nacional de Universidades (CNU). Aparte del autor, cinco figuras relevantes presidieron el evento: Telémaco Talavera, presidente del CNU; Rafael Garranzo García, recién estrenado embajador de España; Silvio José Báez, obispo auxiliar de Managua; Andrés Pérez Baltodano, cientista social; y José Antonio Peraza, a quien no tengo el agrado de conocer.

Lo primero que llamó la atención fue el abucheo que una barra encendida de militantes del MRS hizo a Talavera al escuchar su nombre. Pero el hábil rector logró neutralizar el irrespeto turbesco. Otra falla correspondió al ocultamiento del editor literario de los cinco volúmenes: Pablo Kraudy, autor de la estructuración temática de los mismos. Nadie pronunció su nombre, ni reconoció su labor, sin la cual no existiría la obra que se presentaba o celebraba.

En su intervención protocolaria, Garranzo García fue honesto al admitir que desconocía la obra de Serrano Caldera, y gentil por acompañar a los panelistas. El primero de ellos, monseñor Báez, se extralimitó al desplegar sus conocimientos bíblicos y teológicos, sin referirse a la obra en cuestión; seguramente no quiso quedar mal con sus numerosos feligreses que asistían al evento y esperaban oír su habitual discurso o sermón. En cuanto a Peraza, no pasó de interpretar un papel cantinflesco: no dijo absolutamente nada serio; solo conceptos vagos.

En realidad, la obra de Serrano Caldera no fue analizada. Pérez Baltodano la eludió, prefiriendo intentar responder a la pregunta ¿para qué sirve la filosofía? Pero no convenció a nadie, limitándose a dos propuestas. Primera: la creación de una cátedra “Alejandro Serrano Caldera”, donde los jóvenes nicaragüenses puedan desarrollar y enriquecer el pensamiento serranocalderesco. No es mala iniciativa, desde luego; pero revela el desconocimiento de nuestra realidad universitaria. ¿Conocen la obra de Alejandro nuestros universitarios? ¿Tienen acceso a esos cinco volúmenes de su obra? ¿Los ha donado su autor, por lo menos, a la biblioteca “Salomón De la Selva”, de la UNAN-Managua? ¿Existe un manual que haya sintetizado en forma didáctica las ideas de Alejandro y que sea accesible al bolsillo de los estudiantes?

La segunda propuesta de Pérez Baltodano se quedó, como de costumbre, en lo etéreo y lo abstracto: un diálogo entre la Teología, la Filosofía y la Ciencia Social, sin indicar dónde, cuándo y entre quiénes. Se supone que él, desde luego, representaría a la última. Pero su arrellanada residencia en Toronto, sin sudar diariamente nuestra realidad, le resta autoridad moral. De hecho, sigue siendo cobarde al evadir la pregunta de Lombardo Martínez Cabezas en el diálogo posterior: si su cacaraqueado “providencialismo” de los regímenes políticos del país tiene vigencia actual. Sencillamente, no se atrevió a ponerle el cascabel al gato.

El gran esfuerzo intelectual, o más bien teórico, de Serrano Caldera es admirable y no puede ignorarse. En dos artículos anteriores (La Prensa, 1ro de diciembre de 2003 y en END, 4 de junio de 2011) lo he reconocido no sin señalar varias observaciones críticas. Más, en el panel sobre el quinto volumen de su obra, asistimos a un patinaje sobre hielo. No se llegó a ninguna parte. No fueron especificadas sus tesis. No se concretó el aporte de su reflexión filosófica sobre Nicaragua, la América Latina y la sociedad actual en el mundo contemporáneo.